En varias oportunidades hemos
opinado en este medio y en otros, que la llamada guerra contra las drogas no
nada más en nuestro País, sino en todo el mundo, es una espectacular farsa que
cuesta a los “buenos” una inmensa millonada en dinero -sacado de los bolsillos
de los contribuyentes- y cientos de vidas humanas, muchas de ellas
completamente inocentes. Por su parte a “los malos” les genera verdaderas
carretonadas de dinero que hacen sumamente atractiva la continuación ad infinitum de la farsa.
El tema no deja de tener
actualidad en los medios y en la opinión pública, pero se intensifica cuando
cae –inocente o culpablemente- algún individuo de importancia ya sea por
pertenecer al medio artístico o al empresarial o cuando se anuncian operativos
dirigidos a capturar narcos (¡desaparezcan que ahí
les voy!). Sin embargo, son sumamente escasas las voces que coinciden en
señalar que la raíz del problema se encuentra en la ilegalidad de las drogas
más que en cualquier otro aspecto que les caracterice.
Todos lo sabemos: Las
prohibiciones crean y fortalecen mafias. Prohíba el gobierno las tortillas, el
pan o los refrescos y el consumidor verá subir los precios y proliferar las
mafias expendedoras de tales productos.
El presidente Calderón y su gabinete de seguridad sabe bien que la
historia de Eliot Ness
(personaje de la vida real) y sus Intocables no dejaba de ser en la televisión
de los setentas, una ficción del tipo Batman o el Hombre
Araña y que en la vida real, al menos en lo que respecta a las drogas, los
buenos nunca ganan. Por ello es que no debemos esperar acciones espectaculares
y más bien una continuación de la farsa para entretenimiento de los interesados
en la nota roja.
El tema de la legalización de
las drogas es por supuesto sumamente complejo y uno de los más controvertidos,
pero la historia de la prohibición del alcohol en la primera mitad del siglo
pasado en el vecino País del norte, es la mejor prueba de que las mafias, las
matazones y las balaceras desaparecieron con la legalización y si en décadas
recientes han reaparecido ello se debe a la ilegalidad de los enervantes.
En términos proporcionales lo
que nuestro País gasta en la “lucha” contra el narcotráfico es superior a lo
que gasta el gobierno de la nación líder mundial en consumo, mientras que cada vez son más los
estados de la Unión Americana que aprueban leyes que flexibilizan el consumo de
marihuana “para usos médicos”. Esto significa que los contribuyentes mexicanos
financiamos una “guerra” que permite que en el vecino País se amasen fabulosas
fortunas basadas en la distribución de estupefacientes.
Si lo que a los mexicanos nos
interesa es que nuestra población, niños, jóvenes y viejos, no caigan en el
infierno de las adicciones, enfoquemos el problema como uno de salud pública y
exploremos la aplicación de medidas desalentadoras del consumo, como lo pueden
ser la aplicación de exámenes antidoping sistemáticos y sorpresivos en escuelas
-primarias, secundarias, preparatorias y profesionales-, centros de trabajo
y oficinas de gobierno. Con ello, se
gastaría muchísimo menos y se lograrían resultados inmediatos en una “guerra”
que hasta ahora evidentemente es una farsa costosa.