¿Para qué queremos una reforma fiscal?, ¿para que el
gobierno recaude más y gaste más?, ¿para que disminuya el número de gorrones
que reciben los beneficios del gasto público sin aportar a los ingresos del
fisco?, ¿para definir de una vez por todas que los impuestos son para recaudar
los ingresos indispensables para que el gobierno haga bien lo que tiene que
hacer, y no para castigar a los “malos” y premiar a los “buenos” de la película?
Esto de la reforma fiscal es como el jardín de los
senderos que se bifurcan, el famoso cuento de Jorge Luis Borges, en el cual el
protagonista tiene que llegar a la meta – avisar a sus jefes dónde y cuándo
será el ataque de las fuerzas enemigas, sin alertar a esos mismos adversarios-
eligiendo en cada encrucijada el sendero adecuado, a la derecha o a la
izquierda, que le conduzca al final del laberinto.
La primera previsión es que ahora sí habrá algo, con
el concurso del Ejecutivo y del Legislativo, que podrá llamarse “reforma
fiscal”. Esto ya es un avance notable respecto de la situación prevaleciente en
el sexenio pasado, cuando el PRI – por las razones o las sinrazones que se
quieran- apostó a que hacer fracasar dicha reforma abonaría a favor de su
causa. No fue así y esa lección, elemental pero valiosa, ya se aprendió: No es
buena estrategia política de largo plazo dinamitar los acuerdos.
Bien, demos por aprendida esa primera lección y demos
por asumidas, especialmente por quienes dentro del PRI pueden decidir, sus
consecuencias. Es un primer obstáculo salvado. Esencial, pero apenas el primero
paso. El itinerario apenas comienza. A partir de aquí empiezan las encrucijadas
que habrá de definir, a la postre, el resultado final.
Primera encrucijada: ¿Para qué una reforma fiscal? ¿Para
recaudar, y gastar, más? O ¿Para que el sostenimiento del gobierno sea
resultado de aportaciones parejas y justas de todos los ciudadanos, que ni
lastimen a unos en beneficio de otros, ni distorsionen u obstaculicen el
florecimiento de la actividad económica? La mayoría de los políticos,
esgrimiendo como superstición falsamente científica esa falacia de que en
México se pagan pocos impuestos – hermana de la falacia de que más gasto
público es equivalente a mayor bienestar-, nos querrán vender el primer camino:
“Hay que hacer la reforma fiscal para que recaudemos más y gastemos más”.
Mentira y camino errado: Hay que hacer la reforma fiscal para que disminuya el
número de gorrones que no pagan los impuestos que deben pagar y, por ende,
disminuya la carga tributaria sobre las espaldas y el trabajo de quienes sí
pagamos impuestos. Hay que hacer la reforma fiscal para corregir de una vez los
múltiples engendros tributarios que persisten en México, como los gravámenes
“especiales” para castigar tales o cuales actividades o consumos, las
exenciones injustificadas, los tratos de favor o privilegio. Hay que hacer la
reforma fiscal para simplificar el pago de contribuciones. Hay que hacer la
reforma fiscal para que a todos quede claro para qué sirven los impuestos: Para
sufragar los gastos necesarios para que el gobierno cumpla con su deber:
Garantizar la seguridad de personas y propiedades; ejercer el legítimo
monopolio de la violencia para hacer valer la ley; respetar y garantizar las
más amplias libertades individuales; establecer un terreno parejo de juego, con
libre competencia, sin monopolios o barreras a la libertad de consumo y de comercio.
Como puede verse en esta primera encrucijada de la
reforma fiscal por venir hay toda una definición. Si tomamos el camino
equivocado, y propugnamos tan sólo por aumentar la recaudación y, por ende, el
gasto de los gobiernos (federal y locales), otra vez
habremos desperdiciado una oportunidad preciosa para sacar a México del pantano
de la mediocridad.
Y las encrucijadas apenas empiezan. Después, derivado
del curso que se siga en ese primer cruce de caminos, deberemos enfrentar otras
disyuntivas. Menciono las más relevantes, que, espero, podremos comentar en el
futuro próximo:
- Disyuntiva entre barroquismo tributario y
sencillez: La fuente de los gravámenes debe ser simple y en el mejor de los
casos única y universal: la renta o el consumo. Nada más y nada menos.
- Disyuntiva entre castigar riqueza y trabajo o
premiarlos: Jamás los impuestos deben desalentar o distorsionar la actividad
económica libre; jamás los impuestos deben usarse para “modelar” a la sociedad,
cual si el gobierno fuese la divina providencia recetando castigos y premios a
unos y a otros. Las tasas deben ser bajas y parejas. Los gravámenes únicos. Lo
demás es dirigismo y entrometimiento gubernamental.
- Disyuntiva entre proporcionalidad y equidad frente
a progresividad y despojo. La Constitución señala
claramente que los gravámenes deben ser proporcionales, jamás habla de que
deban ser progresivos: Una tasa única es proporcional, porque hace pagar más a
quien proporcionalmente consume más o genera más – dependiendo de la fuente que
se decida establecer como raíz única de las contribuciones-, en cambio una
estructura de tasas crecientes o progresivas – ya lo sabía Marx,
que saludaba ese invento como preámbulo al despojo de la propiedad y de los
medios de producción por parte del Estado omnipresente y opresivo- violenta los
derechos de propiedad, estimula la simulación y la evasión tributarias, mata la
productividad, premia a los incompetentes, maleduca a la sociedad en la
vagancia y el abuso, estimula el parasitismo gubernamental y el desprecio al
trabajo honesto.