El 2006 terminó con una Ley de Ingresos y un Presupuesto de Egresos
aprobados por unanimidad por legisladores de todos los partidos. De alguna manera
todos entendieron que en un parlamento democrático los distintos grupos no
pueden imponer sus propósitos sobre la mayoría y deben buscar acuerdos que
resulten aceptables para todos o, por lo menos, para la mayoría.
Este logro no deja de ser importante, especialmente si pensamos que
todavía el 1 de diciembre los diputados del PRD y del PAN se trenzaron a golpes
y empujones en el salón de plenos. Pero no podemos cerrar los ojos ante el
hecho de que el gran reto se registrará en este 2007 que apenas empieza.
México necesita una gran transformación. Nadie puede negar el hecho de
que en los últimos años nuestro país ha tenido un desempeño decepcionante, con
tasas de crecimiento que apenas superan el 2 por ciento al año. Esto se refleja
en una débil creación de empleos y en el estancamiento de los salarios.
Mientras tanto, otros países del mundo, entre los que se encuentran por
supuesto China y la India, pero también Irlanda y Chile, tienen tasas muy
superiores de expansión. La razón de este atraso importante, que México
comparte con otras naciones de la región, especialmente con Brasil, es la falta
de reformas de fondo que nos hagan más competitivos.
La globalización económica es una realidad que no va a desaparecer. Nos
podrá parecer molesta, como la gravedad, pero no podemos seguir pensando que
podemos aislarnos del mundo. Incluso un país como Cuba está buscando que se le
quiten las cadenas que le impiden integrarse más eficientemente al mundo, por
eso exige que terminen las unilaterales sanciones económicas que Washington le
ha impuesto desde hace décadas.
La gran pregunta no es si México puede o no aislarse del mundo, sino si
seremos de los ganadores o de los perdedores de la globalización. Si queremos
estar entre los perdedores, no tenemos que hacer más esfuerzo que seguir
haciendo lo que hemos estado haciendo durante décadas y seguiremos exportando
petróleo crudo y trabajadores. Si queremos en cambio estar entre los ganadores,
debemos empezar a tomar medidas que nos permitan ser más competitivos.
El primer paso debe ser, necesariamente, una reforma fiscal. Es
inaceptable que tengamos un sistema con tasas altas que recaudan muy poco y con
reglas que permiten que muchísimos grupos o personas con recursos simplemente
no paguen impuestos. Debemos tener una reforma laboral, que privilegie la
creación de empleos y no las canonjías de los líderes sindicales. Necesitamos
una reforma energética que promueva la inversión productiva en este campo.
Y si revisamos los indicadores de desempeño de la economía mexicana,
nos daremos cuenta de que son muchas más las actividades en que se requieren
reformas. El gran reto hoy para los legisladores es examinar las propuestas que
hay, que son muchas y algunas muy buenas, y dejar atrás la parálisis que ha
detenido a nuestro país durante años.