1/3/2007
ETA: La racionalidad de los violentos
Ricardo Medina

En un primer momento, y ante la estupefacción, el gobierno de Zapatero ha recurrido a la hipótesis de la irracionalidad de ETA para “explicarse” porque esa banda perpetra un atentado en medio de lo que – se presumía- era un auspicioso “proceso de paz” entre el propio gobierno y los etarras.

 

Craso error. No son los terroristas etarras los irracionales, sino un gobierno que – desafiando la lógica- pretendió que bastaba la voluntad pacifista de una de las partes para domesticar a ETA. La banda terrorista, ante la manifiesta debilidad del gobierno (no hay gobierno más débil que aquél que abdica de la fuerza de la ley poniéndose a merced de quienes simplemente quieren destruirlo), hizo lo más “racional” en la lógica del totalitarismo: Subir la apuesta y usar su arma de “persuasión” más eficaz: La violencia.

 

El mensaje es claro: ETA no piensa renunciar a la violencia que le es consustancial de la misma manera que nada tiene que ganar – en su lógica totalitaria- comportándose como una fuerza política ajustada a los límites de la ley y de la democracia. El disfraz político de ETA – adopte el nombre que adopte- no es más que eso: Un disfraz táctico para embaucar a los tontos. Huelga decir quién ha jugado en este fallido “proceso” el papel de tonto. La verdadera ETA, la de siempre, es una banda terrorista con objetivos totalitarios; jamás ha sido una formación política susceptible de avenirse a las reglas democráticas.

 

Los gobiernos de Felipe González y de José María Aznar lo entendieron claramente – tras reiterados fracasos de la vía pacifista y negociadora-  ante la pertinacia de los etarras en la ruptura de treguas o virtuales armisticios. Irracionalmente, cargado de pacifismo bobalicón, Zapatero no lo ha entendido y ello le puede costar el gobierno, al tiempo que significará – por desgracia- una revitalización de la banda terrorista que, hasta el sorpresivo triunfo electoral del propio Zapatero, estaba contra la pared gracias a una infatigable persecución policíaca y a una inflexible interpretación y aplicación de la ley.

 

O Zapatero le da un giro radical a su estrategia de negociación a ultranza – y a espaldas de la ley y de la mayoría de los electores- o acelerará su caída política, sea gradualmente, con sucesivas derrotas electorales, o sea abruptamente, si la oposición recurre a la moción de censura, prevista en el artículo 113 de la Constitución española.

 

La lección, fuera de España, no por trágica deja de ser valiosa: La sociedad abierta no puede contemporizar con sus enemigos, so pena de ser destruida por ellos.



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