La incorporación de Francisco Gil Díaz como director
consejero independiente a HSBC Holdings plc es impecable jurídica y éticamente. Debería, por
extensión, llenarnos de orgullo que un mexicano talentoso, con credenciales
intachables como académico, como hacedor de políticas públicas, como
economista, como servidor público, sea invitado a unirse a una institución que
presume –con motivo- de utilizar como único criterio para el reclutamiento de sus
directivos y consejeros contratar a “the best people for the job”.
Pero no. Haciendo alarde de ignorancia y mala fe, deslizando
insinuaciones calumniosas, fingiendo escrúpulos éticos –que ni por asomo se han
aplicado a sí mismos- vemos a un grupito de mediocres poner en entredicho los
méritos, las capacidades y la integridad moral del ex secretario de Hacienda no
con pruebas, argumentos racionales o alegatos inteligentes, sino con el
antiquísimo y despreciable expediente de los envidiosos y resentidos: La
siembra maliciosa de suspicacias.
Primer punto:
Segundo punto: Un consejero independiente no es un empleado
que reciba órdenes de los directivos de la empresa, sino –por el contrario-
alguien que representa los intereses de los accionistas minoritarios y
dispersos de una empresa pública –que cotiza en los mercados de valores- y que
vigila que la corporación cumpla con los estándares éticos y jurídicos que
corresponden a lo que se conoce como buenas prácticas de gobierno corporativo.
Por ello, los consejeros independientes participan y presiden los comités de auditoría, de remuneraciones ejecutivas, de nominaciones y de
buenas prácticas de gobierno corporativo, entre otros.
Anécdota al calce: Gracias a la integridad de un consejero
independiente del Consejo de Administración de una corporación mexicana que
cotizaba en los mercados de valores de Estados Unidos, se conocieron en
diciembre de 2003 las irregularidades en que incurrieron ejecutivos y
accionistas mayoritarios de esa misma corporación. La comisión de valores de
Estados Unidos (SEC por sus siglas en inglés) intervino entonces y protegió los
intereses de los accionistas minoritarios. Los acusados debieron pagar una
cantidad millonaria a
Sería estúpido insinuar, por ejemplo, que
Por razones evidentes el grupito de mediocres, que está
deslizando suspicacias maliciosas en contra de Gil Díaz, elude hacer un
análisis ético y jurídico del asunto. Saben que no tienen argumentos, saben que
mienten. Prefieren, en cambio, hacer alusiones equívocas a la ley –que nunca
citan textualmente y que probablemente sólo conocen de oídas-, fingir
ignorancia sobre la naturaleza del trabajo de un consejero independiente y
acerca del abismo que separa las operaciones cotidianas de crédito que ejerce
en México una de las decenas de subsidiarias del grupo HSBC, de las tareas
de vigilancia del cumplimiento de las
buenas prácticas de gobierno corporativo que ejerce, en el consejo de
administración de una firma global, un consejero independiente.
Podríamos deleitarnos en contrastar la pésima reputación de
algunos de los críticos oficiosos de Gil Díaz –conocidos por su afición a
ponerse al servicio del mejor postor en sus columnas periodísticas o famosos
por su enriquecimiento ostentoso e “inexplicable” a su paso por la gubernatura de algún estado pobre de
Lo que explica buena parte de estas críticas son los
intereses específicos, e inconfesables por delictivos, que Gil Díaz lastimó
durante su gestión como Secretario de Hacienda: Los negocios turbios que
impidió, las subvenciones a todas luces injustificadas que se opuso a dar, las
cloacas que destapó en el cumplimiento de su tarea. De ahí proviene buena parte
de esta campaña de mentiras y calumnias.
La otra parte de los críticos recibe su impulso de la
ignorancia y de la envidia –esa repugnante afición a sentir pesar y lamentar el
bien y el éxito de los otros- que mantienen a México en el subdesarrollo
mental, ético y económico. Recuerdan ese lastimoso chiste de por qué no es
necesario tapar las cubetas que contienen cangrejos “mexicanos”: No hay manera
de que escape uno solo, porque apenas alguno empiece a destacar ya se
encargarán los mediocres e incompetentes de impedirle sobresalir.