Al inicio de la década de los años
Continuamos el camino reforzando nuestro
convencimiento de que México, en unos cuantos años, estaría rivalizando en
avances económicos y científicos a los EU, de la misma forma que Japón en esos
años, ya lo había iniciado. Han pasado más de 30 años, seis presidentes
mexicanos y ocho gringos, e Yberri y yo seguimos
esperando ese momento del cambio que nos permita, ya de perdida, comprar arados
de metal y unas mulas zacateadas.
Han pasado más de 30 años y sucedido tantas cosas
pero, como en el palo encebado, el gran cambio continúa evadiéndonos. En estos
tres décadas, el PIB mundial casi se ha cuadriplicado, se desintegró
Monumental tarea le espera al presidente Calderón
cuando, ya alguna gente vaticina el siguiente Apocalipsis mexicano que se
adorna con el número 10. Lo tuvimos en 1810, luego en 1910 y ya anuncian el del
2010. El presidente insiste en la tarea de su gobierno para combatir la pobreza
la cual, a mí me arrullara mejor si bautizáramos el esfuerzo como “promoción
para la masiva creación de riqueza.” Pero lo preocupante es que cuando el
presidente hace el anuncio, en el corral se miran el arado de madera corroída y
unos bueyes ruinos que ya no pueden caminar.
Uno de los adagios en el inventario del sentido
común, es aquel que reza: “Si le das al hombre un pez, lo alimentarás por un
día, pero si lo enseñas a pescar, lo alimentarás de por vida.” Ahora debemos
agregar, sí el hombre se da al invento de nuevos métodos de pesca, a establecer
granjas de peces, a identificar nuevos mercados y canales de venta, logra un
mejor producto a través de ingeniería genética, se podrá entonces alimentar a
millones de seres humanos porque esas ideas pueden ser repetidas por todo el
mundo. Y, por supuesto, en el proceso, esas inversiones lo pueden hacer
obscenamente rico.
Nuevas ideas mucho más que ahorro, inversión o
educación, son los secretos hacia la prosperidad, la creación de fortunas
privadas y, como consecuencia, la riqueza de las naciones cuando viajan a gran
velocidad hacia ese verdadero crecimiento económico, con incalculables beneficios
para todos. Estos conceptos habían permanecido en la trastienda por siglos, y
ahí mismo se ubican las reglas rigen este deporte y se resumen en pocas
palabras; libertad, ambición, estado de derecho y la política.
Sin embargo, no fue hasta 1990 cuando un joven
economista, Paul Romer,
después de muchas generaciones que la ignoraran, publicara un nuevo modelo para
el desarrollo que le daría vida a la economía del conocimiento. El primer
párrafo de la publicación devela el contenido de su poderoso argumento al
afirmar: “La gran distinción que etiqueta a la tecnología, es que se trata de
un ingrediente especial en el proceso. No es un bien convencional, tampoco uno
que se pueda considerar público, es un bien que no rivaliza con otros (per say), excluible y, muy
seguido, mostrenco.”
Este párrafo, inició un profundo reacomodo
conceptual en la ciencia económica argumentando la distinción entre productos
públicos—los que proveen los gobiernos—y privados—proveídos por los participantes
en el mercado—y así emergía con su intrigante teoría conocida como “La nueva
teoría del crecimiento.” Romer cimbraba la tradición
al hablar de bienes rivales y no rivales—distinguiendo entre bienes sobre los
que se puede establecer posesión absoluta, y aquellos que se pueden escribir y
archivar en una computadora para ser compartidos con mucha gente (escrituras
sagradas, el lenguaje, el cálculo matemático). La mayoría de ellos caen un poco
en ambas, pero en medio de los dos extremos nos encontramos con millones de
interesantes posibilidades.
Las viejas teorías nos afirmaban que economía es la
satisfacción de crecientes necesidades asignando recursos escasos. Pero Romer reviraba: “Estamos en este planeta y tenemos objetos,
pero también tenemos gente con ideas. Entonces, ese mundo apocalíptico solo
existe en la mente de sus promotores.” Se tiraba luego a la yugular de Keynes cuando éste afirmara “el capitalismo se extinguía
para dar campo a comunidades de egolatrismo.” Para Romer, el mundo es un estadio cuajado de ilimitadas
oportunidades donde nuevas ideas engendran nuevos productos, mercados y
posibilidades para la creación de riqueza. Según Romer,
el progreso sólo se limita por dos causas: Pueblos sufriendo constipación de
ideas, o, los gobiernos intrusos.
De forma similar que la revolución industrial creaba
los mártires del campo para arroparlos con subsidios y demás tratamientos
artificiales, la nueva teoría del crecimiento nos muestra cómo la tecnología
invade el área económica para, a base de la explosión en la productividad,
proceder la creación de riqueza. Ello le da al concepto de valor una nueva
dimensión, la que nadie parece entender, en especial cuando el PIB
aceleradamente crece, más no el empleo.
Romer ha provocado la alteración de los factores de
producción cuando el viejo trío de tierra, trabajo y capital, lo modifica a
gente, ideas y resultados. Con claridad nos muestra la diferencia entre ganar
dinero y crear valor, lo que en México no necesariamente se relacionan, entre
crear empleos y crear riqueza y prosperidad.
Entonces, Sr. Presidente, no se contagie de Pejismo al hablar de seguro popular, más gasto social,
ayudas para las gentes de tercera edad, pues acuérdese que los burócratas no
conocen el estado de pérdidas y ganancias. Primero veamos de donde va a salir,
para no tener que responder como el viejo de Caborca
cuando pedía al gobernador le construyeran una presa, y éste le pregunta ¿De
donde?; “Ahi del manoteyo”
revira.
Llevando a cabo una difícil conciliación entre lo
público y privado, Romer nos anuncia la manera que esta
economía cibernética, armada de enormes inventarios de capital intelectual,
estará dictando el futuro de los países y diseñando la forma en que construyen…
la riqueza y la pobreza de las naciones.