Como
señalé en mi Aquelarre Económico de
ayer la
estabilidad de las principales variables económicas –nivel de precios, paridad
y tasas de interés- a la que contribuyó en forma importante el manejo
responsable de las finanzas públicas, es condición necesaria para el buen
desarrollo del sistema financiero.
La importancia que tiene para el
crecimiento de un país contar con un sistema financiero sólido y eficiente es
enorme pues alienta la formación de ahorro que, a su vez, es canalizado a más y
mejores proyectos de inversión. Sin un buen sistema financiero, este proceso no
ocurre o lo hace mal, con elevados costos para la sociedad.
Cuando una economía se desenvuelve
en un clima de inestabilidad –inflación sin control, alta volatilidad del tipo
de cambio, elevadas tasas de interés– se distorsiona
el mercado crediticio, se reducen los recursos disponibles para el crédito, se encarece
la intermediación financiera y se favorece la búsqueda de rentas improductivas
y la especulación de corto plazo.
Con base en la estabilidad alcanzada,
el gobierno previo realizó una revolución jurídica e institucional para hacer
más eficiente el marco regulatorio y de supervisión
de las instituciones financieras y para que éstas operen con mayor eficacia,
transparencia y rendición de cuentas a sus clientes y accionistas.
Las
reformas instrumentadas han comenzado a rendir frutos al ampliar y facilitar
las garantías en el otorgamiento de créditos, generar más opciones de
financiamiento, asegurar mejor los ahorros de las personas y disminuir los
costos de transacción en beneficio de los usuarios.
También
se esperan elevados beneficios sociales derivados de la mayor protección jurídica
e institucional a los inversionistas, incluyendo a los minoritarios que antes
carecían virtualmente de salvaguardia alguna, y de las sanciones por malas
prácticas de gobierno corporativo.
Como
resultado de estas medidas se ha reanimado en forma importante el crédito. El
financiamiento total otorgado por el sistema financiero mexicano al sector
privado creció por encima del 70% en términos reales, al pasar de 18% del PIB
en
El
crecimiento real acumulado del financiamiento a usuarios privados en los
últimos seis años fue muy notable: el crédito al consumo aumentó
espectacularmente en casi 500%, mientras que el crédito comercial creció más de
30%, y el crédito hipotecario, que fue prácticamente inexistente por dos
generaciones de mexicanos, aumentó en casi 60%.
Se
han ampliado y diversificado tanto los instrumentos de ahorro y crédito como el
perfil institucional del sector, fortaleciéndose la competencia entre los bancos,
y entre éstos y los intermediarios no bancarios. El acceso al mercado de nuevos
jugadores, alentado por la autoridad, acicateará aún más una sana competencia
en beneficio de los consumidores.
Hoy
las instituciones financieras que operan en México están sólidamente
capitalizadas y muestran índices de desempeño muy favorables, al tiempo que
cumplen con puntualidad y eficiencia con los nuevos requisitos internacionales
que ha adquirido México para detectar e impedir el lavado de dinero y la
realización de operaciones financieras por parte de organizaciones criminales.
El
papel de la banca de desarrollo también se modificó de cuajo en los últimos
seis años con el propósito de que las instituciones sirvieran mejor a un mayor
número de clientes, particularmente entre las empresas medianas y pequeñas y
los usuarios de crédito de menores recursos.
Con
las reformas y cambios jurídicos e institucionales conseguidos por la
secretaría de Hacienda con Francisco Gil
a la cabeza, se dio acelerado impulso para que el sistema bancario contribuya
en forma definitiva al desarrollo nacional y dotarlo de una solidez sin
precedente en nuestra historia financiera.
Mañana analizaré la política seguida
por las autoridades financieras en los últimos seis años en materia de reducción
de la deuda pública.