1/10/2007
Hugo Chávez: La locura hereditaria
Ricardo Medina

Cuando llegó por primera vez a la Presidencia de su país, Hugo Chávez tuvo a bien invitar a su toma de posesión al que en ese entonces era el último de los dictadores venezolanos: Marcos Pérez Jiménez, derrocado en 1958. Afinidades electivas. Sin embargo, Pérez Jiménez rechazó las inopinadas invitaciones de Chávez y éste tuvo que asumir el cargo, ese 2 de febrero de 1999, sin el padrinazgo del legendario dictador.

 

Hoy Chávez inicia otro mandato que se prevé, por ahora, que finalice el año 2013, aunque puede conjeturarse que Chávez no le ve un fin tan próximo –sólo seis años- a su “infatigable” misión “revolucionaria” y “redentora”. Sus planes son de largo plazo y se ve en el espejo de su mentor y héroe, Fidel Castro, hoy agonizante o tal vez muerto; sin duda, fuera de la escena.

 

Chávez ha preparado su nueva investidura anunciando no sólo que le quitará la concesión a RCTV (canal 2 de televisión), sino también anticipando expropiaciones “nacionalistas” de la electricidad, las telecomunicaciones, la refinación de petróleo e insultando al secretario general de la OEA, el chileno Miguel Insulza (es, dijo, “un verdadero pendejo desde la P hasta la O”). Chávez está desatado y más que su nueva reelección –tras la marca de Pérez Jiménez- parecería que le impulsan profundos sentimientos encontrados: orfandad por la falta de Fidel Castro, ambición por ocupar el sitial que deja vacío Castro como dictador por antonomasia en América y resentimiento por sus fracasos tras sus groseras escaramuzas de política exterior, que le llevaron a perder el asiento que buscaba en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

 

Como algún otro loquito, Chávez parece haber decidido que por él las instituciones –como la propia OEA o la ONU-,  así como las relaciones más o menos armoniosas con sus vecinos, se pueden ir “al diablo”. Parece decirnos: “Ya verán de lo que soy capaz”.

 

Por lo pronto, las locuras de Chávez –ese gen de los dictadores que parecen cortados por la misma tijera, sea cuál sea su parapeto ideológico- ya desplomaron ayer martes a la bolsa de Caracas y anticipan un futuro aún más triste para los venezolanos.

 

Curiosa herencia maldita: Va de un georgiano, como Stalin, a un árabe sunnita, como Hussein, pasando por un chileno, algunos argentinos, varios más de aquí o de allá, un hijo de gallego avecindado en Cuba –Fidel- y termina depositándose en este venezolano iracundo, teatral, mal hablado… A lo mejor, Marcos Pérez Jiménez hizo mal en no aceptar la invitación de Chávez en febrero de 1999. Tal vez no supo prever que, ese día aciago, la estafeta de los dictadores, dementes por necesidad, regresaba a Venezuela.



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