Los
debates sobre la reforma fiscal integral parecen ser eternos. Todos coinciden
en la necesidad de un cambio, pero éste no se da. La explicación, quizás,
reside en la serie de diferencias conceptuales que se manejan sobre la
necesidad de una reforma integral. La administración pasada propuso una reforma
para mejorar el ingreso tributario, y con ello disponer de mayor gasto.
La
(virtual) lotería de recursos petroleros evitó la necesidad de un ajuste mayor,
cosa que los legisladores han pasado completamente por alto en sus matemáticas
alegres y el voluntarismo tributario de sacar nuevos recursos para gastar de
La
reforma integral debe concebirse como una revolución del entorno actual—una profunda
reforma en ingresos, como en egresos. Ello nos lleva, directamente, a
reflexionar sobre la reforma del Estado—qué tipo de Estado queremos, para qué
queremos tal o cual tipo de Estado, en qué debemos invertir el recurso público,
y cómo podemos mejorar esa inversión. Hay diversas razones, o motivos, detrás
de una revolución fiscal.
Una
razón capital es la necesidad de simplificar los trámites de tributación. Hoy,
el ejercicio de cumplir con los requerimientos tributarios del país es una
misión imposible. Los costos de la reglamentación fiscal, los huecos que nos
obligan a buscar, son esencia y consecuencia de nuestro laberinto—un laberinto
costoso, corrupto y lleno de intereses que se han acostumbrado a vivir del
mismo. El costo de oportunidad de empezar desde cero es nulo. La ganancia en
mayor productividad, al contrario, sería exponencial.
Otra
razón importante es la necesidad de eliminar los costos de inestabilidad
fiscal. El sistema de misceláneas anuales nos obliga a ajustar expectativas, y
comportamientos, cada nueva temporada fiscal. Los agentes responden más a
mecanismos de defensa ante un nuevo frente tributario que ha cumplir con sus
obligaciones. Si los impuestos son sólo una herramienta para tapar hoyos
presupuestales, habrá el incentivo perverso de inventar, cada nuevo ciclo, un
nuevo gravamen. Un sistema que genere estabilidad fiscal implicaría que las
decisiones empresariales se tomen en forma independiente de las expectativas de
ajuste estacional que siempre acompañan las modificaciones al régimen fiscal.
En
otras palabras, la regla operativa debería ser “no le muevas,” o, por lo menos,
que un cambio tributario importante tenga justificación independiente.
Quizá
la razón más importante detrás de la reforma fiscal, o revolución fiscal, es la
necesidad de eliminar las tremendas injusticias que se derivan de los
privilegios, es decir, del sistema de tasas diferenciadas. Subsidiar el consumo
por la vía impositiva privilegia mucho más al que más tiene que al que menos
tiene—y perjudica a estos últimos, al dejar sobre la mesa fiscal recursos que
se podrían haber gravado. Un beneficio secundario de la eliminación de los
regímenes diferenciados es el aumento de la recaudación.
Otro
apartado fundamental es que, a la par de una reforma de ingresos, debe darse
una reforma de egresos—una estrategia que logre eficientar
el gasto público. Ello requiere una labor permanente de encontrar desperdicios,
tela de dónde cortar, y encontrar siempre la forma más eficiente (pública o
privada) de financiar los gastos del gobierno.
La reforma
fiscal se ha vuelto impostergable. Hay déficit fiscal a la vista—con los
efectos nocivos que genera en la economía real. Es tiempo de pensar en una
revolución.