1/12/2007
Familias, escuelas, gobiernos, incentivos
Ricardo Medina

Eduardo Andere es tal vez uno de los especialistas mejor informados que hay en México sobre asuntos de la educación. Ayer, en El Economista, nos ofreció un artículo provocador, lleno de pistas importantes acerca del problema educativo en México.

 

Entre otras muchas aportaciones valiosas, Eduardo sintetizó en una frase lo que debería ser el punto de partida para cualquier intento serio de reforma educativa. “Lo que pasa fuera de las escuelas es más importante para explicar el éxito de los educandos que lo que pasa dentro de las escuelas”. Correctísimo: Las escuelas NO son el elemento esencial, mucho menos único, de la educación.

 

Cada cual puede aportar experiencias que comprueban este hecho: ¿Por qué dos alumnos de la misma escuela, con la misma potencialidad teórica para el aprendizaje (digamos, coeficiente intelectual), sometidos hasta donde eso es posible a la misma “exposición” a las aulas y a los mismos maestros, obtienen más tarde en la vida resultados tan dispares: uno el éxito y otro el fracaso? Y cuando hablo de éxito no me refiero tan sólo a prosperidad económica o a cierta calificación laboral, sino a una “buena vida” lo que incluye en primerísimo lugar la integridad ética y la capacidad de ser libre.

 

La familia. He ahí la primera respuesta que salta a la vista. Frente a lo bueno o lo malo que puede dejar el núcleo familiar en la vida de una persona, cualquier escuela empalidece.

 

¿Qué ve, qué escucha, qué vive un niño en su entorno familiar?, ¿ve una bien surtida biblioteca a su disposición, escucha discusiones libres e inteligentes en las que puede participar, vive sometido a normas mínimas e inalterables de comportamiento, cuyo cumplimiento o cuya violación tienen consecuencias?

 

¿O, por el contrario, sus “educadores” son la televisión, los pleitos llenos de exabruptos y ayunos de razones, las argucias para simular, la ausencia de normas previsibles y conocidas, el chantaje emocional como “argumento” decisivo para obtener lo que se desea?

 

Pero que las escuelas no sean el factor decisivo para el éxito NO significa que no puedan ser un factor decisivo para el fracaso. Malas escuelas sólo hacen más difícil la labor educativa de la familia. Entonces, los padres deben fatigosamente “destejer” los chapuceros remiendos adquiridos en la escuela, pública o privada.

 

Una idea: Las escuelas son como los gobiernos, su potencialidad para hacer daño –cuando hacen las cosas mal-, es mayor que su potencialidad para hacer bien cuando hacen las cosas bien. ¿Cuáles son los incentivos que requieren escuelas y maestros para hacer más bien que daño? Por lo pronto, está claro que no es un asunto de meterle más dinero a la colegiatura o al presupuesto federal para “educación”.



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