Eduardo Andere es tal vez
uno de los especialistas mejor informados que hay en México sobre asuntos de la
educación. Ayer, en El Economista, nos
ofreció un artículo provocador, lleno de pistas importantes acerca del problema
educativo en México.
Entre otras muchas aportaciones valiosas, Eduardo
sintetizó en una frase lo que debería ser el punto de partida para cualquier
intento serio de reforma educativa. “Lo que pasa fuera de las escuelas es más
importante para explicar el éxito de los educandos que lo que pasa dentro de
las escuelas”. Correctísimo: Las escuelas NO son el elemento esencial, mucho
menos único, de la educación.
Cada cual puede aportar experiencias que comprueban
este hecho: ¿Por qué dos alumnos de la misma escuela, con la misma
potencialidad teórica para el aprendizaje (digamos, coeficiente intelectual),
sometidos hasta donde eso es posible a la misma “exposición” a las aulas y a
los mismos maestros, obtienen más tarde en la vida resultados tan dispares: uno
el éxito y otro el fracaso? Y cuando hablo de éxito no me refiero tan sólo a
prosperidad económica o a cierta calificación laboral, sino a una “buena vida”
lo que incluye en primerísimo lugar la integridad ética y la capacidad de ser
libre.
La familia. He ahí la primera respuesta que salta a
la vista. Frente a lo bueno o lo malo que puede dejar el núcleo familiar en la
vida de una persona, cualquier escuela empalidece.
¿Qué ve, qué escucha, qué vive un niño en su entorno
familiar?, ¿ve una bien surtida biblioteca a su disposición, escucha
discusiones libres e inteligentes en las que puede participar, vive sometido a
normas mínimas e inalterables de comportamiento, cuyo cumplimiento o cuya
violación tienen consecuencias?
¿O, por el contrario, sus “educadores” son la televisión,
los pleitos llenos de exabruptos y ayunos de razones, las argucias para simular,
la ausencia de normas previsibles y conocidas, el chantaje emocional como
“argumento” decisivo para obtener lo que se desea?
Pero que las escuelas no sean el factor decisivo para
el éxito NO significa que no puedan ser un factor decisivo para el fracaso.
Malas escuelas sólo hacen más difícil la labor educativa de la familia. Entonces,
los padres deben fatigosamente “destejer” los chapuceros remiendos adquiridos
en la escuela, pública o privada.
Una idea: Las escuelas son como los gobiernos, su
potencialidad para hacer daño –cuando hacen las cosas mal-, es mayor que su
potencialidad para hacer bien cuando hacen las cosas bien. ¿Cuáles son los
incentivos que requieren escuelas y maestros para hacer más bien que daño? Por
lo pronto, está claro que no es un asunto de meterle más dinero a la
colegiatura o al presupuesto federal para “educación”.