Para Arrigo Coen Anitua, creador del neologismo globafóbico
El debate sobre el aumento en el
precio de las tortillas ha dado renovados bríos a los enemigos de la
globalización económica con el argumento que los pobres son quienes pagan los
platos rotos que se la atribuyen al proceso de mayor integración económica mundial.
Los opositores del libre comercio incluyen
a personajes que van desde la mal llamada izquierda, los autoproclamados defensores
de los consumidores, quienes creen que la autarquía alimentaria
es deseable en pleno siglo XXI, para citar sólo algunos de sus proponentes.
Los globafóbicos manejan influyentes
medios de comunicación y han logrado poner en entredicho a los ojos de muchos
los beneficios indudables que ha traído el libre comercio al mundo, en general,
y a países y segmentos pobres de la población que lo han adoptado, como lo
acreditan China y
En las naciones desarrolladas típicamente
los globafóbicos
son gente acomodada, de clase media y de raza caucásica, ocasionalmente
desinformados aunque muchos son manifiestamente deshonestos, como Lou Dobbs, el
locutor de CNN.
Sus ostensibles preocupaciones para
atacar el libre comercio van desde los “derechos” de ballenas y delfines, los bajos
salarios de los trabajadores, que los niños tengan que trabajar en los países
más pobres, el deterioro ecológico y el calentamiento global, o las influencia
cultural extranjera.
En México el presidente Felipe Calderón apoya la libertad
comercial pero es muy probable que el nuevo PRI, que no acaba de nacer y definirse,
el reaccionario y premoderno PRD, y hasta algún panista
despistado, compartan las ideas antiliberales de los globafóbicos.
Ante la crisis de la tortilla, el
gobierno de México debe aprovechar la ocasión para enfrentar a los globafóbicos, además
de con maíz importado, con razones sólidas para desenmascararlos, revelando los
embustes de sus argumentos:
1.
Falacia de agregación, que aplica a los flujos
comerciales y migratorios los problemas planteados por un tipo de
globalización, la financiera, cuando se revierte la dirección de los flujos de
capital en forma abrupta.
2.
Falacia de la culpa
equivocada. Los sindicatos acusan a la globalización de que los salarios de sus
agremiados, en especial los menos capacitados, no crecen y hasta han caído. Sin
embargo, la evidencia empírica indica que la globalización ha tenido un impacto
positivo en los salarios de esos trabajadores y que es el desarrollo
tecnológico que ahorra mano de obra no calificada, la razón de su estancamiento.
3.
Falacia de formular la
pregunta errónea. Los burócratas de algunos organismos internacionales que afirman
que la globalización perjudica la distribución de la riqueza en países pobres
cuando tampoco hay evidencia de tal cosa. En el caso
de México, la crisis de 1995 hubiera tenido efectos mucho peores, sobre todo
para los pobres, si el TLCAN no hubiera permitido un aumento notable en las
exportaciones.
4.
Falacia de la solución
equivocada. Las influencias culturales indeseables, el que algunos países utilicen mano de obra infantil y que en Estados Unidos se
patrocine la producción de alimentos modificados genéticamente, para citar sólo
unos cuantos pretextos de los globafóbicos, son fenómenos que si la población lo desea en
el contexto democrático de cada país, se pueden atacar con efectividad y sin
recurrir al proteccionismo. Existe la posibilidad de subsidiar la producción
cultural local;
Quiénes creemos en la libertad comercial
como un instrumento clave para generar riqueza, debemos cerrar filas en la
batalla contra las falacias que inventan los globafóbicos, que hoy usan el
precio de la tortilla para avanzar sus causas proteccionistas.