Quién sabe
quién los críe, pero qué bien se juntan. En Nicaragua y Ecuador, en Bolivia
como en Cuba, bajo un nuevo eje: Venezuela. Fidel ha muerto; ¡viva Hugo! El rey
convoca a sus vasallos (¡perdón!: a sus virreyes), no a una época de cambio
sino, como dice el lucífero presidente ecuatoriano, a un cambio de época.
Pongámonos de pie.
Rechinando
de limpios toman posesión los nuevos virreyes latinoamericanos bajo el manto protector
de su führer; se pliegan gustosos a la voluntad del
soberano y ante él se prosternan: ¡Doblamos la cerviz, Alteza Serenísima! ¡Loor
a ti, redentor y prócer del petróleo! ¡Salve, Ilustrísima Majestad bolivariana!
Acuden a
los aquelarres los tiranos triunfantes: Daniel Ortega, prohombre de la escasez
total en Nicaragua, aderezada con galáctica inflación (33,000%). Evo Morales,
según quien en Cuba hay democracia y se pelea con el reportero que le pregunte
por qué. Rafael Correa, proclamando con voz de bronce: “Como un milagro se han
derrumbado los gobiernos serviles, las democracias de plastilina,
el modelo neoliberal, y ha empezado a surgir
También
llegó a Nicaragua y Ecuador uno que perdió la presidencia de Perú gracias a la
segunda vuelta: Ollanta Humala,
racista al revés (indigenista inspirado por la insignia nazi de la svástika). No acudió otro perdedor, López Obrador. Ganas no
le habrán faltado de departir con sus pares pero ¿cómo? Ni pasaporte tiene.
La
resurrección de los opresores demostradamente tiránicos, y de la ideología que
los acompaña, sólo en Latinoamérica es posible. Acá se olvidan las catástrofes
y latrocinios de déspotas como Santa Anna, Perón u
Ortega, y se les reclama para volver a salvar a la patria que habían destruido.
Han revivido en este subcontinente los cuatro
demonios que parecían vencidos tras caer el Muro hace 18 años (Krauze): el militarismo, el marxismo académico, el
populismo, y la economía estatizada.
El
socialismo es prescripción ideal para lavar la cara y manos de los tiranos. La
mejor coartada para purificar su desbocada corrupción. La más paladeable fórmula para que los votantes pidan servidumbre
voluntaria a los esclavistas. La receta ideal para la tiranía perpetua, bajo el
mandato soberano de cualquier reformada constitución. Receta ideal, también,
para la africanización y permanente irrelevancia de
América Latina.
El
ajonjolí de todos los males es hoy Hugo Chávez; que es, ¡but
of course! bien socialista.
De una vez quedémonos de pie.