En esta ocasión invito al
lector a un breve esfuerzo reflexivo. La idea es remontarse a la noche de los
tiempos, cuando aún no se creaba la civilización. En aquellas formas de sobrevivencia del hombre prehistórico, los individuos
encontraron que sus vidas eran más seguras si se unían en cooperación con otros
individuos de su misma especie.
Un hombre aislado era débil y
vulnerable y no era capaz de enfrentarse aún a cachorros de otros animales,
pero en grupo los individuos adquirían la capacidad de derribar hasta un
mastodonte adulto. A partir de este descubrimiento nacieron las asociaciones
humanas.
No mucho tiempo después de
este avance, los hombres descubrieron que la cooperación es imposible si cada
quien actúa a voluntad sin preocuparse por los otros. Esto dio lugar a la
elaboración de las reglas y leyes, cuyo propósito consistió en evitar el
desorden y el conflicto.
Pero el problema de las reglas
de convivencia es que no tienen sentido si los individuos tienen la posibilidad
de violarlas cuando les plazca y eso llevó a nuestros ancestros a la necesidad
de asegurar el cumplimiento de las normas mediante el castigo a quien no las
cumpliera.
Este sistema de organización
primitiva debió de haber funcionado mucho mejor que cualquier otro que no
observara reglas de convivencia entre los individuos y las familias, pero
todavía existía otro problema: el hombre estaba tentado a infringir las leyes
–y con frecuencia lo hacía- cuando no existieran testigos del delito, debido a
que nadie sabría del hecho o nadie estaría seguro de la identidad del
responsable de la violación.
Es en esta etapa cuando es
posible encontrar el nacimiento de las deidades invisibles, omnipresentes y
omniscientes, es decir que, a pesar de que el hombre no las puede ver, están en
todos lados y todo lo saben. La función de estas divinidades era completar el
marco de la convivencia en sociedad y dio lugar al establecimiento de las
religiones.
Todas las religiones se basan
en una dualidad, es decir, siempre hay un ser sobrenatural bueno, generoso y
poderoso, y otro malévolo y perverso que lucha por deshacer lo que el otro
construye.
Desde mediados del siglo
antepasado, el XIX, emergió una religión que se basa en dos dualidades
principales. Una de ellas es: por un lado el trabajo y por el otro el capital.
La otra dualidad es: por un lado el gobierno y por otro el mercado.
Esta relativamente nueva
religión o más bien sus predicadores pregonan por todos los medios a su alcance
–que no son pocos, por cierto- que el mercado es el culpable de todos los males
y que es el capitalismo el causante de todas las desdichas que abruman a los
pueblos.
Por fortuna no toda la
población mundial es practicante de la religión marxista y existen personas que
piensan que la también llamada enfermedad del izquierdismo tendrá que
desaparecer paradójicamente junto con los cadáveres de los profetas mayores que
subsisten en el siglo XXI: Fidel Castro, Kim Zong II y Hugo Chávez. Pero no es de ellos de lo que se
trata esta colaboración, sino de su contrario, es decir, el capitalismo y el
mercado. (Continuará)