“Si no hay pan, que coman pastel.” En realidad María Antonieta, la
esposa del rey Luis XVI, nunca emitió esta frase.
Pero lo importante no es que la haya dicho o no, sino que el enardecido pueblo
francés así lo creyó. Esto intensificó la furia popular y llevó al
derrocamiento y a la ejecución de los reyes de Francia.
El presidente Felipe Calderón debe estar consciente de este precedente
histórico. Por supuesto que debe resistir a los esfuerzos de algunos grupos
políticos por reestablecer los controles de precios como consecuencia del alza
en el precio de la tortilla en los últimos meses, ya que estos controles desmotivan
la producción y provocan escasez, mercados negros y mayores alzas de precios.
Pero ningún gobernante puede darse el lujo de desatender una situación que pone
en peligro la capacidad de los más pobres para comprar alimento. Si lo hace, es
muy probable que pierda el control de su propio país.
Para controlar en un tiempo corto el alza en el precio del maíz y la
tortilla, el gobierno de la república está obligado a abrir las puertas a la
importación del maíz, un producto que sigue estando protegido. Pero ésta no es
la solución a mediano o largo plazo. ¿Por qué? Porque el precio del maíz
también está subiendo en los Estados Unidos, nuestro principal proveedor, como
consecuencia del aumento de la demanda por maíz amarillo para la fabricación de
etanol. Y también porque esto podría ser un nuevo golpe a los campesinos
mexicanos, que apenas ahora están empezando a disfrutar de los beneficios de un
mayor precio para el maíz.
Más que nunca hay que actuar con inteligencia. Los altos precios del
maíz deben aprovecharse para llevar a cabo una reforma a fondo de la producción
de maíz en nuestro país. Es importante consolidar las unidades de cultivo con
el fin de facilitar la introducción de tecnología e irrigación. Las
limitaciones al uso de transgénicos, que colocan en
desventaja a los productores mexicanos frente a los de Estados Unidos, deben
eliminarse. Si realmente queremos moderar los precios de la tortilla sin
afectar a nuestros campesinos, no tenemos más opción que aumentar la
productividad por hectárea.
También es importante que volvamos la vista a otro problema. Los
mexicanos debemos promover el uso de la caña de azúcar para producir etanol.
Esto evitará que se generen presiones sobre el precio del maíz y la tortilla.
Pero para eso es indispensable que eliminemos las restricciones a la inversión privada
en energéticos. Pemex no tiene ni los recursos ni la
vocación para empezar a producir bioenergéticos. Si permitimos que los
empresarios privados puedan apostar su dinero en la producción de etanol, todos
saldremos beneficiados.
Un problema más es el de la distribución de masa de nixtamal. De nada
servirán los esfuerzos por mejorar la productividad del campo si se mantiene la
actual concentración en la fabricación y distribución de masa que actualmente
existe en nuestro país.
El presidente Calderón no puede
darse el lujo de no prestar atención a las protestas populares por el alza en
el precio de la tortilla. La historia nos dice que los gobernantes que no han
prestado atención a estos problemas han enfrentado problemas muy serios. Pero
las acciones que ordene deben ser inteligentes. No se pueden aceptar los
controles de precios o los subsidios generalizados que simplemente agravarían
el problema. Necesitamos tener una estrategia sostenible en el largo plazo. De
hecho, la actual crisis puede convertirse en una gran oportunidad de hacer
cambios de fondo. Quizá entonces sí llegará un momento en que muchos podremos
comer pastel.