¿Será que nadie sabe para quién trabaja?, ¿cómo es
posible que algunos opinantes de oficio, inteligentes en otras materias,
naufraguen intelectualmente ante los asuntos económicos?
Respeto y estimo a Carlos Marín, director del
periódico “Milenio”, salvo cuando, al estilo de los años sesenta y setenta del
siglo pasado, le da por recetar dogmas ideológicos en asuntos de economía. El
lunes propuso abolir la ley de la oferta y la demanda en el caso de la
tortilla. Así, como en el viejo chiste sobre Luis
Echeverría. Ayer vuelve a las andadas y proclama: “Por salud pública,
estabilidad social, conveniencia política y seguridad nacional, no hay de otra:
se debe subsidiar a los productores” (de maíz). ¡De ese tamaño!
Defendiendo a los consumidores Marín propone un
método infalible para fastidiarlos: subsidiar a los productores. La capacidad
de persuasión de los cazadores de rentas es asombrosa: Convencen a más de uno
de que si les damos más subsidios, quienes resultaremos beneficiados seremos
los consumidores, y no ellos.
Un flaco consuelo es que este poder de persuasión de
los cazadores de rentas –esta buena prensa para pésimas políticas públicas- no es
privativa de México. Ayer
mostré cómo los productores de maíz en Estados Unidos han promovido el uso del
maíz para producir etanol (con los argumentos más conmovedores, no sólo de
ecología sino hasta de seguridad nacional) a pesar de que, sin subsidios
públicos, nadie tiraría su dinero usando un insumo energético tan poco
eficiente como el maíz para producir etanol. Y mostré cómo ese generoso
subsidio es causa directa del alza en los precios del grano. Eso, precisamente,
es lo que suele suceder con los subsidios a los productores: Encarecen los
productos. ¿Por qué? Porque el subsidio financia altos márgenes de utilidad
para los productores, que ya no tienen necesidad de competir y aumentar la
productividad. Nada de precios más bajos para los consumidores.
Es de sentido común: La bajísima productividad
maicera de México sólo se perpetuará y agravará subsidiando a los productores.
Debemos corregir nuestras desventajas competitivas (digamos, la inseguridad en
la tenencia de la tierra) o, mejor todavía, a la vista de nuestras desventajas
comparativas, dedicarnos a cultivos más
rentables e importar el maíz, más barato que el nuestro, de países con ventajas
comparativas para cosecharlo: Estados Unidos, Argentina, Rusia y hasta
Sudáfrica.
Los subsidios a los productores sólo inhiben
cualquier intento de mejorar la productividad.
Decían los hilanderos ingleses en el siglo XVIII, al
exigir que se abolieran las barreras a la importación de trigo a