Hay países pobres, y
hay países ricos; y, lejos de los debates, la realidad es que la diferencia
entre ambos descansa en dejar hacer, en margen de maniobra, en oportunidades
individuales de crecimiento. En un concepto que se ha convertido clave para el
análisis del desempeño económico: libertad económica.
El puesto que nos toca
en el último índice de libertad económica, en la versión de este año, es
típicamente mediocre: lugar 49 entre un universo de 157 países. Este ranking es muy superior al de, digamos,
Corea del Norte o Cuba, mejor incluso que otros países en la región, como
Argentina, pero inferior a Chile, y muy inferior a países como Singapur, o
Canadá o Irlanda. Es claro que gozar de mayor libertad económica no es
suficiente para el desarrollo, para mejorar el bienestar de los ciudadanos.
Empero, hay una correlación bien sustentada en la realidad empírica: a mayor
libertad económica, mayor bienestar.
Es, precisamente, en
estos países donde se observa la innovación—desde los más sofisticados
servicios financieros, hasta las novedades tecnológicas más impresionantes, o
desde un servicio de primera altura, hasta una fuente de abasto alimenticio
aparentemente interminable. En biotecnología, los avances dados en estas
naciones, más libres que otras, implican alargar la mortalidad en formas
inimaginables apenas hace una generación.
Todo esto se da, dentro
de un complejo orden espontáneo, gracias a que individuos responden a los
incentivos. Empero, la fuerza motriz es la satisfacción del consumidor. El
productor compite, en forma feroz, para ganarse al consumidor. Unos países, con
escasos recursos, se concentran en hacer ciertas cosas, y esas cosas las hacen
muy bien; con lo cual pueden intercambiar esas cosas por otras que hacen en
forma menos bien. Esa es la lógica del intercambio comercial, lógica que impera
cuando existan dos (o más) individuos que buscan mejorar su condición humana.
Parece sencillo. No lo
es. Pero el clima de debate puede ser un indicador del nivel de desarrollo que
se pueda lograr en un país. Por ello, mientras el mundo se deslumbra por las
innovaciones más recientes, los avances tan formidables en sofisticación tecnológica
y satisfacción de las necesidades humanas, en la región latinoamericana
debatimos si el gran anuncio del socialismo chapista tendrá futuro, si debemos
procurar la auto-suficiencia de los alimentos básicos, si debemos usar los
controles de precios para evitar altibajos en los productos, vaya, en síntesis,
si la autarquía tiene futuro.
Este es el tipo de
subdesarrollo mental que no permite salir adelante—o, incluso, que obstaculiza
la creación de una cultura de innovación, de la soberanía del consumidor, de
mayores libertades.
El caso del maíz, en
este país, nos ha dado una nueva excusa para seguir dentro del sendero de la
mediocridad, ni muy, muy, ni tan, tan. Hablamos de controles, de castigos, de
los malditos especuladores, de proteger a los nuestros, de la gloria de la
autarquía. Así, así seguiremos, en los mismos lugares que ahora, dejando
grandes cantidades de recursos y de oportunidades sobre la mesa.
Preguntamos: ¿qué son más
importantes, las importaciones o los exportaciones? Y preguntamos otra vez:
¿qué respuesta darían en Hong Kong,
Singapur, Estonia, Irlanda, o Chile?