Los dirigentes de los principales partidos de nuestro país acordaron,
en diciembre del año pasado, trabajar en una reforma fiscal. La necesidad se
vuelve cada vez más evidente. Si alguna vez ha quedado claro que México precisa
de un cambio en la manera en que recaudamos dinero para el Estado es ahora.
Durante ya 30 años el gobierno mexicano ha vivido en buena medida de
los ingresos petroleros. Hemos caído en el peor error que puede cometer un país
con una riqueza natural no renovable: la hemos tomado para utilizarla en el
subsidio del gasto corriente del gobierno. Pero aun con los elevados precios
que el petróleo ha alcanzado en los últimos años, hace ya mucho tiempo que este
esquema se ha agotado.
El ingreso petrolero del gobierno mexicano se está acabando con
rapidez. Esto es consecuencia del agotamiento de las reservas. En particular,
el enorme yacimiento de Cantarell, en la sonda de
Campeche, del cual hemos vivido en los últimos 30 años, se está quedando seco.
A esto hay que añadir el descenso en los precios del petróleo, que ha sido
especialmente abrupto en los primeros días del 2007.
Si se mantienen las actuales tendencias, a fines de este sexenio nos
habremos convertido en un importador neto de petróleo. Esto significa que no
podremos contar ya con los ingresos provenientes de los hidrocarburos para
subsidiar la operación del Estado mexicano.
México tiene dos prioridades en este momento. Una es dejarle más
recursos a Pemex para que éste pueda hacer las
exploraciones necesarias para encontrar y desarrollar nuevos yacimientos
petroleros. La otra, generar nuevos ingresos fiscales para el gobierno de la
república que permitan enfrentar los graves rezagos sociales del país y hacer
las inversiones, que no estén al alcance de las empresas privadas, que
promuevan la prosperidad futura del país.
Ninguna de estas dos prioridades se puede cumplir sin una reforma
fiscal que le dé más recursos al Estado mexicano. Pero cuidado, porque el
simple hecho de darle más dinero al gobierno no resuelve los problemas sociales
de un país. Ahí está el caso de Brasil, que tiene ingresos fiscales cercanos al
30 por ciento del producto interno bruto, casi tres veces más que México, pero
que no ha podido usar estos recursos para promover la prosperidad de los
brasileños.
Por eso la reforma fiscal debe también permitir el surgimiento de una
economía más eficiente. Es importante que veamos los casos de reformas fiscales
exitosas, como la de Hong Kong
y la de Irlanda, ya que no sólo sirvieron para dar recursos al gobierno sino
para elevar el nivel de vida de la población. Y en estos casos, la clave ha
sido la simplificación de los sistemas de recaudación.
Los partidos políticos representados
en el Congreso tendrán que empezar en estas próximas semanas a diseñar un nuevo
sistema fiscal para nuestro país. De su éxito, dependerá
el futuro de México.