Entre las propuestas que hizo Felipe Calderón como candidato
presidencial destaca la de remplazar el Impuesto sobre
La intención de esta idea es
simplificar de raíz la forma en que se cobran impuestos en México tratando de
emular a los países centroeuropeos liderados por Estonia, que han adoptado esta
modalidad impositiva con enorme éxito al generar procesos de acelerado ahorro,
inversión y crecimiento económico.
Es bien conocida la anécdota de Mart Laar, el
joven de 32 años que se convirtió en el primer ministro de
A Laar le
pareció una idea brillante, pero de lo que se enteró después es que hasta ese
momento nadie la había adoptado pues típicamente los economistas más “leídos”
invariablemente decían que “no era práctico,” igual que lo hacen tres
“expertos” que opinaron en Lupa Ciudadana
sobre esta propuesta de Calderón, a la que le dieron, en promedio, una
calificación de 1.6/10.
El cuarto opinador
en Lupa Ciudadana, el excelente
economista Ricardo Samaniego, hizo
un análisis mucho más a fondo de la propuesta y le dio una calificación de 7 no
porque la considere inviable o indeseable desde un punto de vista técnico, sino
porque, en sus propias palabras, “…la
factibilidad política de la propuesta es muy reducida. Los países que han
podido introducir este esquema -ciertamente revolucionario- lo han hecho sólo
durante procesos integrales de transformación de sus instituciones económicas.
En el resto de los países, los sistemas tributarios se han tornado
crecientemente complejos y las propuestas de simplificación han enfrentado
barreras políticas generalmente infranqueables.”
En este punto me permito diferir de
mi amigo Ricardo, pues considero que los desencuentros que se dieron entre el
Congreso y los dos últimos gobiernos han sido de naturaleza tan perjudicial
para nuestro sistema de gobierno que hoy hay los incentivos para forjar acuerdos
en propuestas realmente innovadoras.
El previsible y profundo deterioro
de las finanzas públicas hacia delante, con volúmenes de exportación de
petróleo en una pronunciada caída y con la acumulación de enormes pasivos contingentes
del gobierno, sobre todo de las pensiones de los servidores públicos, plantea
la situación crítica que se requiere para forzar los acuerdos necesarios entre
legisladores y Ejecutivo.
La forma en la que funciona el esquema
impositivo en Estonia desde hace 16 años es mediante una tasa única al ingreso
de las personas, que al inicio fue de 26%, exceptuando a los segmentos de
menores ingresos de la población, que en la propuesta de Calderón también estarían
exentos, lo que puede inclusive complementarse con un impuesto negativo al
ingreso que opera como subsidio.
En Estonia la tasa del impuesto, que
es retenido y enterado al fisco por el empleador, se está reduciendo
gradualmente hasta alcanzar el 20% en el 2009. No existe el impuesto a empresas
y herencias y el resto del sistema impositivo se limita a un IVA del 18% y a
una contribución para seguridad social del 33%.
La tasa de crecimiento económico
conseguida por Estonia en la última década ha sido de 6% en términos reales,
aunque en los últimos años se ha acelerado apreciablemente, y el ingreso anual por
habitante, que venía de los niveles lamentables de la antigua Unión Soviética y
era muy inferior al nuestro, es hoy de 8,650 dólares, 34% arriba del que
tenemos en México.
Creo que vale la pena explorar con
seriedad esta opción tributaria.