“El papel del economista en el análisis de la
administración pública debe ser el de prescribir lo que debiera hacerse a la
luz de lo que puede hacerse, dejando de lado la política, y no pronosticar lo
que es políticamente viable para recomendarlo luego”. Milton Friedman
Sí, el reciente acuerdo del Presidente Calderón para “estabilizar” el
precio de las tortillas, nos recuerda el peligro que implica el hacer “lo políticamente
correcto” a costa de “lo económicamente correcto.” Ya la abrumadora mayoría de
los medios de comunicación están aplaudiendo la actitud “decidida” del
Presidente para “poner en orden” al mercado. A su vez, los medios de izquierda
están diciendo que este es un triunfo de la política por encima de la
tecnocracia. En fin, puras sandeces.
No, aunque el acuerdo redujo las críticas que le han llovido al
gobierno, no soluciona el problema de fondo, que es económico. No le haga caso
amigo lector a los periodistas (y menos a los políticos) ignorantes de los
principios fundamentales de la economía (que en México pululan) que andan
diciendo sandeces como “que éste es un problema político y no económico”, “que éste
es un problema de seguridad nacional”, “que éste es un problema de soberanía alimentaria”, y otras tonterías. A esta cacofonía periodística
se le han unido los políticos de izquierda y, por supuesto, los grupos
sindicales oscuros que ya exigen un alza salarial de “emergencia”. Por lo
pronto, hay muchos molineros que no entraron al acuerdo y que ahora quieren su
tajada (osease, subsidios del gobierno). Este tipo de acuerdos sólo levanta la
codicia de los viejos grupos buscadores de rentas que están incrustados a lo
largo de toda la cadena productiva del maíz.
El acuerdo firmado nos recuerda a esos viejos pactos de “solidaridad”
que los gobiernos posteriores a la docena populista, firmaban para tratar de
paliar los excesos fiscales de sus antecesores. No, por desgracia estos
acuerdos sólo representan la salida mediocre del “second
best”, el paliativo que sólo resuelve temporalmente (a veces ni eso) un
problema económico. No, los precios acordados (que además no se respetan), al
igual que el control de precios, no funcionan y sólo alargan la agonía (vía
subsidios que no se sostienen en el tiempo). Tampoco se solucionan los
problemas estableciendo medidas draconianas como la de encarcelar a los “especuladores.”
Si el Presidente Calderón continua cediendo a los chantajes de medios y políticos
premodernos, en una de esas acabaremos restituyendo a la ineficiente y corrupta
CONASUPO, así como enlazándonos en una espiral de precios vía la guerra de alza
de precios y salarios.
Es precisamente en los tiempos duros en que se pueden dar los cambios
económicos decisivos. Un primer paso sería el liberalizar de una vez por todas
(y no por cupos parciales) a todo el mercado de bienes agrícolas y pecuarios. En
el pasado, los subsidios sólo han prolongado los problemas. El año pasado, vaya
ironía, el subsidio federal a los productores de Sinaloa sólo provocó que más
de un millón de toneladas se destinara al consumo animal, así como a los
mercados de exportación (se vendieron a Sudáfrica 116 mil toneladas igualmente
subsidiadas; hoy pretendemos importar maíz de este país), quedando con ello
menos cantidad para el consumo humano en el mercado interno. Y así podríamos
ver toda la mala asignación de recursos que provocan los subsidios. En el caso
de los productos de origen animal, sería bueno también intensificar la
competencia en este mercado (cuántos proveedores -de las tienditas- de huevo y
leche conoce amigo lector, son dos ó tres), para que el consumidor sea el más
beneficiado y no el oligopolio que prevalece en estos sectores. Al final, los mexicanos podemos incentivar precios más
bajos en el futuro por la vía de elegir y/o sustituir los productos caros por
los baratos y en esto ayudan mucho los mercados
abiertos a la competencia nacional e internacional. Eso es más eficiente que
los subsidios, que además de tomar dinero de los contribuyentes, crean
distorsiones que sólo alargan la dependencia de los productos caros.
En el 2006, cuando los productores de azúcar comenzaron a subir sus
precios, la sola intensificación de la competencia, vía la importación de
mayores cupos de azúcar, bastó para que la oferta se ampliara y el precio del
azúcar bajara. Funciona siempre mejor el mercado que las distorsiones que crean
los subsidios.
Otra medida contra los precios altos del maíz, sería de una vez por
todas descongelar la ley que impide a México producir maíz genéticamente
modificado (México prohíbe su producción, pero lo importa de países que ya
permiten su modificación). Los efectos colaterales de los transgénicos
sólo están en la mente de los trasnochados de Greenpeace.
No, si bien es cierto que toda modificación genética puede provocar
alteraciones sobre los productos no modificados (vamos, los genes del maíz
modificado podrían afectar vía el polen -aunque esto de acuerdo a los expertos
es muy raro que ocurra-, a los genes del maíz producido por los métodos
tradicionales), no hay pruebas científicas contundentes que demuestren que los transgénicos dañan a los humanos. La biotecnología
es el futuro de la humanidad. Que no le inventen cosas “extrañas” de los tránsgénicos amigo lector. Si gusta enterarse más (y no sólo
oyendo a López Dóriga ó a Javier Alatorre),
le recomiendo el siguiente libro, Genetically Engineered Organisms:
Assessing Environmental and Human Health Effects de los
autores Deborah Kay Letourneau y Beth Elpern Burrows. También puede revisar
las siguientes páginas que sin dogmas hablan sobre los costos y beneficios de
los transgénicos:
http://www.ctahr.hawaii.edu/gmo/risks/benefits.asp
http://www.inspection.gc.ca/english/sci/biotech/capac/redab1e.shtml
Por cierto, también hay mucho que hacer en materia de información. En
esta área, el gobierno no debe quedarse de brazos cruzados. Por ejemplo, hoy
muchos medios de información (más bien de desinformación) están diciendo que
los “malos de la película” son los intermediarios (comercializadoras como
Gruma, Maseca y Cargill) y
el PRD repite este argumento como perico. A ver, en primer lugar, si bien es
cierto que el mercado en estos sectores de comercialización dista de ser un
mercado de competencia pura (como le llaman los economistas), lo cierto también
es que ellos no son los culpables de la crisis del maíz. Dicen algunos
desinformados (entre los que hay varios periodistas) “es que estas
comercializadoras compraron el maíz en menos de dos mil pesos y hoy lo están
vendiendo a más de tres mil”, “voraces”, “chupeteadotes”, afirman estos
despistados. A ver, en primer lugar, el precio de venta final que hace una
comercializadora no es el precio de adquisición, sino el precio de reposición
de los inventarios. Se lo pongo así amigo lector, si usted se dedica a la
compra venta de, digamos, naranjas, el precio final jamás será igual al de
adquisición. Al precio de adquisición habrá que agregarle los costos que tendrá
que hacer para conservar su producto (en determinado momento gastará en
almacenamiento, luz, transporte de carga, etc). Ahora
bien, en esto están de acuerdo hasta los perredistas.
Ellos se preguntan, ok, el comercializador le tiene
que ganar algo, pero por qué tanto. Sencillo: como ya dijimos, el precio de
adquisición no cuenta. El precio relevante es el precio de reposición (cuánto
le costará a usted volver a comprarle naranjas al productor). Si la naranja
sufre de repente un aumento espectacular (digamos que por un huracán que
destruyó muchos árboles de naranja), tal vez tuvo suerte de adquirirla a un
precio bajo antes del desastre natural, pero esto sólo le durará un tiempo
(pues en cuanto se acabe el cargamento que por suerte adquirió antes del huracán,
tendrá que surtirse con los productores de naranja, ahora sí a un precio alto,
que refleja los costos que originó el desastre natural) así que a sus clientes
forzosamente tendrá que cargarles el nuevo precio (para que en el futuro no
haya escasez de naranjas), si no lo hace así, amigo lector, perderá dinero y no
podrá seguir en el futuro ofertando naranjas (nunca será negocio vender barato
y comprar caro, bueno eso sí lo hace el gobierno muchas veces, pero es porque
vive del dinero ajeno). Bueno, a esta conducta de racionalidad económica (que
claro, los políticos no tienen, pues viven de nuestros impuestos y no están
obligados a ser rentables) le llaman acaparamiento y, lo peor, ahora pretenden
castigar a quienes actúen así. De aplicarse esta medida, la mitad de los
mexicanos acabaremos en la cárcel. Las comercializadoras no venden el maíz caro
por gusto, sino por que ya en abril tendrán que reponer sus inventarios con maíz
que hoy cuesta más. Si no lo hicieran así, perderían dinero. Vaya demagogia y
estupidez en la que la administración calderonista
cayó por la presión de los políticos y periodistas cuya visión arcaica se
impuso.
Seamos serios, ni los acuerdos y menos los controles de precios
funcionan. Hay que dejar que el mercado funcione (y su funcionamiento es mejor
en la medida en que sea un mercado abierto al mundo y sin distorsiones como los
subsidios). Hay que informar a la gente que la culpa no es por acaparamiento,
sino por los subsidios que prevalecen sobre los sectores maiceros de aquí y de
EU (por la vía del subsidio que el gobierno norteamericano otorga a sus
productores de maíz para incrementar la oferta de etanol, y con ello, en el
futuro, dejar de depender paulatinamente de menos petróleo importado).
Podemos hacernos tontos y continuar con acuerdos y subsidios, así como
echarle la culpa a cosas intangibles como a “el neoliberalismo” o al “capitalismo
salvaje”. No y mil veces no, el enemigo de la gente no es el mercado. El
mercado no es Gruma, ni Maseca, ni cualquier
trasnacional. El mercado somos millones de consumidores y productores que
intercambiamos bienes y servicios voluntariamente para alcanzar un mejor bienestar.
El verdadero enemigo del pueblo es el contubernio que surge entre el gobierno y
los grupos de interés para sacar ventaja en los intercambios que se llevan a
cabo en los mercados. Así las cosas, empecemos por exigirle al gobierno que
quite las manos de los sectores agrícolas. En EU también lo tendrían que hacer,
pero ese es asunto de los norteamericanos. Más mercado, menos gobierno y menos
pactos es lo que soluciona en el largo plazo cualquier fenómeno de escasez. Ahí está la historia.