El presidente Felipe Calderón se ha puesto a trabajar para restablecer el estado
de derecho ausente en nuestro país por años de negligencia del gobierno en
cumplir y hacer cumplir las leyes, lo que merece el aplauso sin reservas de una
sociedad ofendida y amedrentada por la inseguridad pública.
La manifestación más tangible de
esta campaña ha sido reforzar notablemente la guerra contra el narcotráfico y
el crimen organizado con acciones coordinadas de las fuerzas armadas y
policiales y ahora con la extradición a Estados Unidos de sus principales
capos.
El presidente Calderón debe saber,
sin embargo, que al igual que sus antecesores y todos los gobiernos de Estados
Unidos desde que se inició la guerra contra las drogas hace más de cuatro
décadas, esta fase también la perderán.
La razón, como lo explica mi querido
maestro Gary Becker,
Premio Nobel de economía 1992, “no radica en la falta
de esfuerzo sino más bien en la naturaleza básica de la demanda por drogas y
los efectos que tiene tratar de reducir su consumo castigando a quienes
participan en su comercialización.”
La guerra contra las drogas se libra
intentando aprehender a productores y distribuidores, castigándolos severamente
una vez conseguida su condena, lo que eleva el precio que ellos exigen para su
mercancía por los altos riesgos que afrontan.
Como en todo producto o servicio, su
mayor precio desalienta el consumo de drogas. Mientras más intensa es la guerra
contra el narcotráfico y mayores son los castigos esperados, más elevado será
su precio callejero y menor su nivel de consumo.
A la mayoría de los oferentes de
drogas que son capturados les va mal, como se pudo apreciar en las imágenes de
los extraditados recientes, pero quienes consiguen evadir el brazo de la ley,
casi siempre mediante mordidas y otras corruptelas, obtienen pingües ganancias por los altos precios.
El combate contra las drogas sería
más efectivo si cada aumento de 10% en su precio resultara en una caída mayor
en el consumo –es decir, que tuviera una demanda elástica como se dice en la
jerigonza económica- pero la evidencia de más de una docena de estudio citada
por Becker, indica que la demanda por drogas tiene
una baja elasticidad, de sólo 0.5.
Ello implica que conforme se eleva
el precio de la droga el gasto realizado para comprarla también crece, aunque
en menor proporción. Si el precio hoy está 200% por encima del que sería su
nivel de equilibrio de no haberse dado la guerra contra el narcotráfico, el
gasto total en comprar drogas se ha duplicado.
Un estudio realizado por el profesor
Becker y otros autores estima que el costo directo de
esta guerra en Estados Unidos es de alrededor de 100 mil millones de dólares
anuales, el 15% del PIB de nuestro país, y no incluye otros costos intangibles
pero muy elevados como el deterioro de los barrios dónde se venden las drogas,
la corrupción del sistema judicial, etc.
El estudio citado sugiere que una
forma mucho más efectiva de combatir el consumo de drogas sería mediante su
legalización, combinada con un elevado impuesto a su venta. Si dicho impuesto
fuera de 200%, el precio final de la droga y su consumo serían comparables a
los que se dan hoy en día.
Pero allí terminan los símiles. Los
impuestos serían recibidos por el gobierno en lugar de desperdiciarse en una
guerra inganable, se acabarían los soldados y policías
muertos, la secuela de corrupción, el hacinamiento en las cárceles, y se
podrían usar cuantiosos recursos en educar a la población sobre los peligros de
consumir drogas.
Lamentablemente, tan sensata
política no se adoptará en Estados Unidos. Mañana discutiré qué puede hacer México
en tales circunstancias.