Cada vez que calificamos algo de “absurdo” apelamos,
aún sin saberlo explícitamente, al sentido común. Algo se nos revela como
absurdo porque violenta uno o varios de los primeros principios que adquirimos
–así sea rudimentariamente y en forma por demás implícita- desde nuestra
primera percepción de la realidad; desde que sabemos que “algo es”.
¿Cuáles son esos primeros principios –fundadores de
la inteligibilidad del mundo- que forjan el sentido común? Sigo, en forma
esquemática, la excelente exposición que hizo Reginald
Garrigou-Lagrange (1877-1964)
–ver http://en.wikipedia.org/wiki/Reginald_Garrigou-Lagrange-
en un libro publicado originalmente en 1909 (Le sens commun)
y que, a pesar de haber surgido como refutación incidental al modernismo en la
teología católica, es todo un tratado, breve, de los fundamentos de la
filosofía del ser.
Tales primeros principios del sentido común son: 1.
Todo ser es idéntico a sí mismo, 2. Nada puede ser y no ser a la vez y bajo el
mismo aspecto, 3. Lo que es, es uno y el mismo aun bajo sus modos de ser
múltiples y transitorios; lo que significa que la inteligibilidad de cualquier
ser (ente) radica en su sustancia, 4. Todo lo que es tiene su razón de ser, ya
sea en sí mismo o en otro; por ello siempre preguntamos ¿por qué?, 5. Dado que
de la nada, nada se hace, es preciso que todo ser tenga una causa eficiente y
final; por ello preguntamos ¿de dónde?, y ¿para qué?, 6. Nada cambia si no
tiene la potencia –capacidad o disposición- para hacerlo; de donde se derivan
las nociones de potencia y acto, 7. La verdad –la adecuación del conocimiento
al ser- subyuga a la voluntad y de ahí el primer principio de la razón práctica
o moral: Ser bueno consiste en adecuar el comportamiento a la verdad; ser bueno
equivale a ser feliz.
Entiendo que esta irrupción de la filosofía, en este
espacio, puede parecer impertinente. Pero tengo para mí que la mayoría de las
confusiones intelectuales de nuestro tiempo –y sus terribles consecuencias
prácticas en la vida cotidiana de millones de personas- provienen de que se han
abandonado paulatinamente estos principios del sentido común, trocándolos por
un amasijo de prejuicios y emociones primarias que podríamos llamar “sabiduría
convencional o al uso”. Tal abandono del sentido común, para sustituirlo, sin
el menor análisis crítico, por los dictados de la moda impuesta por el
ambiente, puebla nuestras opiniones y actos de absurdos (efectos sin causa,
ininteligibilidad del mundo, disonancias entre dichos y hechos, negación de lo
evidente, supersticiones de todo tipo, prejuicios que se venden falsamente como
“ciencia”), que lo mismo son causa de pobreza que de tiranías. De infelicidad,
en suma.