Dice un refrán sobre
el entorno económico mexicano: donde no hay competencia, hay incompetencia. La proposición parece
un pleonasmo, pero no lo es: dice que donde no existen las fuerzas de
competencia, habrá desperdicio, altos costos de oportunidad, y bajas en
productividad. La evidencia, por lo menos en nuestro país, parece apoyar esta
idea. Ello ha convertido el objetivo de profundizar la competencia en una
prioridad política.
Los monopolios, tanto
públicos como privados, son parte de una red clientelar
que han traspasado el costo de las ganancias de diversos proveedores y
productores hacia el consumidor. El reciente “pacto” para estabilizar el precio
del maíz es una muestra de ello: los productores de tortillas disfrutan de un
margen de ganancia, a costas del consumidor, al no optar por la competencia
para estabilizar, si bien gradualmente, el precio del maíz. Esta es herencia de
la cultura mercantilista que ha obstaculizado el desarrollo en el país.
El precio, para cumplir
su función de transmitir información, debe ser función de la oferta y demanda
de bienes. Si las condiciones de oferta se restringen, como sucede con los
monopolios, los subsidios o las protecciones, el precio de esa restricción se
traslada a la demanda—o sea, a los consumidores. Si existe competencia entre
oferentes, habrá más y mejores productos, a menor precio, entre los
demandantes. En esta circunstancia, priva la soberanía del consumidor.
Hemos vivido, y estamos
viviendo, la influencia de intereses especiales que suele acompañar el
desarrollo de las democracias contemporáneas. El politólogo
En principio, por
principio, un sistema que permite que una mayoría o una minoría expropie los
recursos de otros en nombre de un mítico bien ulterior (el mercado interno, la
autosuficiencia alimenticia, la soberanía nacional) no es congruente con una
sociedad que busque mejorar las condiciones para alcanzar un mejor nivel de
vida. Si vemos otro tipo de ejemplos, como es el nacimiento de nuevas empresas
de transportación aérea, vemos el beneficio de la competencia, tanto para el
productor que mejora precio y servicio, y por lo tanto consigue ganar mercado,
como el consumidor, que puede reservar, volar, ir y venir, a un precio
accesible, en igualdad de circunstancia con otros.
Los temores de no
alcanzar los acuerdos políticos para aprobar la amplia agenda de las reformas
estructurales ha generado un falso sentido de hacer o
morir, más bien, de aprobar o morir. Las reformas son esenciales, pero hay una
gran cantidad de cambios que se pueden llevar a cabo, tan sólo reconociendo los
beneficios de la competencia, o tan sólo haciendo posible condiciones de
competencia entre tantos sectores que, hoy por hoy, se encuentran secuestrados
por el clientelismo del productor que vive, y que gana, de favores políticos
Es una enfermedad aparentemente
interminable, este virus de la incompetencia—y a la vista están los resultados.