La
tendencia en el mundo y en México es que las familias destinan un porcentaje
mayor del gasto a la educación de lo que hacían hace dos décadas. Esto
¿significa que los gobiernos están “fallando” en esa materia?, ¿significa que
cada vez valoramos más la educación?
Según la más reciente Encuesta
Ingreso-Gasto de los hogares (INEGI), las familias mexicanas destinaron en
promedio en 2005 el 14.8% de su gasto total a “educación y esparcimiento”.
Este porcentaje es notoriamente más
alto que el que se destinaba hace unos 20 años, pero es más bajo que el
registrado en el año 2000. Baste decir que en el año 2000 las familias
mexicanas en promedio gastaban casi lo mismo en transporte que en “educación y
esparcimiento”, mientras que hoy destinan al transporte el 18.9% de los gastos
monetarios. (Alimentación sigue siendo con mucho el primer rubro de gasto, al
que se destina en promedio el 29.8% del gasto monetario en los hogares).
Este cambio puede obedecer a muchas
causas, probablemente a la combinación de varias de ellas, y sería temerario
extraer conclusiones inmediatas.
Lo cierto es que, como tendencia de
largo plazo, las familias mexicanas suelen otorgar un alto valor a la
educación, al grado de que aun en periodos de crisis económica mantienen o
incluso incrementan el porcentaje de los recursos familiares destinados a ese
fin.
Cuando presenciamos la angustiante
prolongación de conflictos que afectan gravemente a la educación pública, como
el que se vive en Oaxaca, tendemos a pasar por alto que -independientemente del
estancamiento, agravamiento o solución del conflicto en las instancias
políticas y gubernamentales- las familias no suelen quedarse cruzadas de brazos
y tratan de poner remedio a la carencia. Sería interesante investigar qué
soluciones alternativas – que las hay- le están dando las familias en Oaxaca a
la carencia de enseñanza pública formal básica para las niñas y los niños.
Lo más trágico sería que el “reflejo
estatista” – la percepción de que es el gobierno y
sólo el gobierno quien tiene que hacerse cargo de las cosas- fuese tan arraigado
entre las familias que éstas viesen este lamentable conflicto como una
fatalidad insuperable, ante la cual sólo cabe resignarse.
Sin duda, el conflicto en sí
confirma que los gobiernos en su conjunto – diferentes niveles e instancias –
están fallando, pero ante estos fallos graves de la acción gubernamental en la
provisión de un “bien público” indispensable, la sociedad suele reaccionar de
inmediato, no sólo reprobando a los gobiernos, sino inventando soluciones, como
sucede en el caso de la inseguridad pública.
Lo cierto es que, sea en gastos
directos extraordinarios – por ejemplo, pagando onerosas colegiaturas en
escuelas privadas o destinando recursos para suplir en el hogar lo que no está
dando la escuela pública- o sea en costos de oportunidad (lo que se está
dejando de hacer), este conflicto está costándole muy caro a quienes menos
tienen en Oaxaca.
Imperdonable, sin duda.