La pobreza
de las naciones es un fenómeno que se explica, en palabras del gran economista Mancur Olsen, por la torpe y
absurda manera en que las sociedades “dejan billetes tirados en la banqueta”.
La pobreza, siguiendo con esta lógica y avalada por la infinita evidencia
empírica que hay al respecto, parecería ser una condición superable, abatible.
Resulta
entonces por demás trágico que un alto número de naciones persista en su afán
de seguir “desperdiciando billetes en la banqueta”; México entre los honrosos
miembros de
¿Cómo salir
de esta desesperante trampa de pobreza? El único camino es elevar nuestro
potencial productivo a través de generar condiciones propicias para incrementar
el ritmo de acumulación de los factores de la producción (humanos y físicos),
al tiempo de detonar incentivos que permitan asignar los siempre escasos
recursos, en fines más productivos. En esencia, reducir las enormes distorsiones
que inhiben el crecimiento de nuestra productividad.
Dichas
distorsiones no crecieron casualmente. Por lo general, suelen ser resultado de
conflictos distributivos del pasado que fueron resueltos mediante la
apropiación de rentas por parte de grupos de interés que, ahora, se encuentran
“protegidos” ya sea por un “poder de jure” creado en el pasado (las reglas
escritas, legislativas o regulatorias) o por un
“poder de facto” (informal, no escrito) resultado de un poder económico
desmedido o de un amplio poder de movilización.
Si el nuevo
gobierno pretende romper con las limitantes estructurales que condicionan al país
a su crecimiento mediocre e insuficiente, deberá necesariamente enfrentar a los
grupos de interés –monopolistas, sindicatos, partidos políticos- que obtienen
enormes ganancias con el status quo, a través de la extracción de recursos del
consumidor o del contribuyente.
Hacerlo no
será sencillo. El poder económico y/o de movilización de estos grupos no es
menor, así como tampoco resultará sencillo emprender reformas de esta
naturaleza en entornos con gran desigualdad, sistemas legales endebles y
desconfianza generalizada hacia los gobiernos. En este contexto cabe la
pregunta, ¿será posible avanzar en esta materia -reformas estructurales o
reformas de la productividad- sin poner en riesgo la gobernabilidad del país?
No lo
sabemos, pero es probable que no exista otro camino. Por ello, resulta en
extremo urgente que el nuevo gobierno trabaje desde el primer día en mitigar
las fuerzas centrífugas de nuestro actual régimen político. Si por
gobernabilidad entendemos el equilibrio que se gesta entre las demandas de los
ciudadanos y la capacidad de respuesta de los gobiernos, será prioritario
atacar ambos frentes simultáneamente, para poder ser capaces de enfrentar –con
mayores posibilidades de éxito- a los poderes de veto, formales e informales,
que buscarán a toda costa mantener el status quo.
Resulta
entonces evidente que para romper el asfixiante impasse que vive el país desde hace varios años, herencia final del
profundamente desigual régimen político post-revolucionario, el camino no parece
ser el de “rebasar” por la izquierda o por la derecha a nadie, como
ingenuamente han supuesto algunos, sino trabajar en fortalecer el marco legal y
la libertad económica de los mexicanos para crear mayores y mejores
oportunidades para la mayoría.
No existen
atajos, pero si en los próximos años el país se mantiene en el camino de crear
el denominado “consenso de la clase media”, habrá mayores posibilidades de
romper el status quo vigente y, por consecuencia, adentrarnos en fronteras
productivas más avanzadas. Le conviene a la inmensa mayoría.