En su convincente hipótesis acerca de los factores que
hicieron posible el salto a la prosperidad en el mundo, William Bernstein propone que la conjunción de cuatro causas
explica el despegue de la economía:
Uno: Derechos de propiedad. Dos: Pensamiento racional o
científico. Tres: Mercados de capitales suficientemente grandes y sólidos y
Cuatro: Rápidos y eficientes medios de comunicación y transporte.
Ver:
“The Birth of Plenty,” Wiliam Bernstein, Mc Graw-Hill,
2004.
México tiene serias deficiencias en los cuatro factores,
pero fijémonos hoy en el tercero de ellos –el mercado de capitales- donde en
los últimos años se han conseguido avances espectaculares pero todavía
insuficientes.
Como cualquier mercado el de capitales funciona gracias al
encuentro de la oferta y de la demanda. Para ser robusto y floreciente el
mercado de capitales requiere tanto de abundante oferta de capitales como de
una demanda igualmente abundante de los mismos para financiar proyectos
productivos e innovaciones altamente rentables. Sin embargo, no basta con la
existencia de los capitales ni con la existencia de “sueños” o proyectos
productivos para que se verifique el afortunado encuentro; se requiere un marco
adecuado que de certidumbre a los dueños de los capitales y facilite a los
demandantes de capital el acceso al mismo al menor costo.
En palabras de Bernstein: La
producción a gran escala de nuevos bienes y servicios requiere cuantiosos
montos de dinero de otros (‘capital’). Aun si los derechos de propiedad están
garantizados y la habilidad para innovar –derivada del pensamiento científico-
está asegurada, hace falta además el capital para desarrollar esquemas e ideas.
Casi ningún emprendedor por sí mismo tiene el suficiente capital para producir
masivamente sus invenciones, por lo que el crecimiento económico es imposible
sin un aporte sustancial de capital a partir de fuentes externas. Antes del
siglo XIX, los mejores, los más brillantes y los más ambiciosos individuos de
la sociedad tenían un escaso acceso a montos masivos de dinero que les
permitieran transformar sus sueños en realidad.
Trasladado a la realidad mexicana, uno de los principales
factores que han inhibido el desarrollo de un mercado de capitales de gran tamaño
ha sido –por el lado de la oferta- la falta de certidumbre para los tenedores
de capital acerca de la seriedad y factibilidad de los proyectos de inversión
que demandan capital, así como la carencia de garantías –especialmente para los
pequeños capitalistas- de que participarán en igualdad de condiciones de los
beneficios y de la rentabilidad de las empresas.
El punto clave para destrabar este nudo ha sido crear un
marco jurídico, en las empresas, que garantice prácticas de buen gobierno y
plena transparencia para el público inversionista. De ahí, el extraordinario
avance que representa la nueva ley del mercado de valores que entró en vigor
apenas en junio pasado.