El primer sexenio de la alternancia
no terminará con crisis económica; mas como siempre –y como nunca antes– un sexenio acaba con crisis. No hubo en él un Gil
Díaz de la política.
No hay efecto sin causa ni causa sin
efecto. En Oaxaca se ve diáfanamente qué ocurre
cuando la humanidad queda se desprende de toda referencia moral, toda norma y
toda coerción. El rendirse a la codicia inmediata del poder. A las ansias de
desquite por agravios viejos. La complacencia con los instintos bajos. La
animalidad que suelta al cerebro reptiliano. El
frenesí que contagia a la masa todo lo anterior.
En pocas palabras, el ser colectivo
en el estado de naturaleza, previo a la existencia de las leyes, la autoridad y
los castigos. Allí la conducta no conoce consecuencias.
La impunidad (ausencia de un
castigo) necesita un castigador ausente. Una autoridad omisa. Un poder que no
se ejerce. Un mando político inepto. Una estructura legal corrupta. Mafias. Y
encima de todo, un sistema cobarde presidido por un hombre miedoso e inexperto
que se esconde tras un vocablo cada vez más pervertido: el “diálogo”, coartada
para justificar la impericia, la parálisis y el miedo.
Una situación así mata cuanto
justifica al Estado. Éste existe para garantizar, bajo la ley, la seguridad
pública, la libertad, y la permanencia de la acción humana. Y para quien ataque
eso, coacción y castigo. Decía Ikram Antaki: delante de toda sociedad civilizada hay una ley;
detrás de toda ley hay un policía; y detrás de todo policía hay una cárcel.
Cuando aplicar la ley se confunde
con barbarie estatal y el Síndrome de Tlaltelolco
castra la coacción legítima, el poder se queda manco, la ley desaparece, la
libertad muere y la sociedad queda a merced, ahora sí, de la barbarie y los
mercaderes del caos.
Varios de quienes nos entusiasmamos
con él, esperamos impacientemente que se vaya Fox. Su Appocalipsis
es casi una definición de la tragedia nacional, con el viso cómico de saber que
antes del fin de su sexenio, habrá resuelto Oaxaca; pero al estilo EZLN y al
estilo Atenco (problemas, como dice, resueltos por
él).
Calderón expresa una débil esperanza
–como nunca, breve– de que haya gobierno y se
preserven nuestras rotísimas libertades. Deberá recuperar el Estado y sus
consustanciales componentes de ley, orden, policía y coacción. México ya no le
permitirá, como a Fox, la dicha inicua de perder el tiempo.
Deberá Felipe, muy pronto, dar un
campanazo de orden para resolver lo que Fox le dejará “resuelto”; será ése su
bautismo de fuego y su oportunidad de pronta legitimación. Si no da un rotundo
golpe en sus primeros días de gobierno, México podrá, literalmente, morirse en
un caos appoaxaqueño y pejetropical.