Vicente Fox está dejando a su sucesor Felipe Calderón un país estable
en lo económico pero turbulento en lo político.
Las finanzas públicas se han ejercido con responsabilidad. El producto
interno bruto está creciendo a un ritmo de cuatro y medio por ciento en este
2006. La inflación se encuentra en 4 por ciento. El peso está estable y
El ambiente político, sin embargo, se encuentra envenenado. Andrés
Manuel López Obrador y sus aliados no han dejado de cuestionar la legitimidad
de las elecciones presidenciales del 2 de julio y han prometido hacer todo lo
posible para no dejar gobernar al nuevo presidente. Oaxaca se ha convertido en
una herida supurante que puede infectar a otros estados de la república. La
mayoría de los líderes del sindicato minero mantienen su apoyo a Napoleón Gómez
Urrutia, a quien
Quizá la peor herencia para el nuevo presidente es el hecho de que el
gobierno federal ha perdido la capacidad de usar la fuerza pública para hacer
cumplir la ley. Hemos pasado de los tiempos en que se reprimía con automática violencia
cualquier expresión de disidencia a otro en que cualquier grupo, incluso de
niños de escuela, considera que es su derecho bloquear el tránsito de una calle
o carretera para hacer cualquier tipo de exigencia a la autoridad, incluso la
destitución de una maestra de escuela.
A Felipe Calderón le tocará ser presidente de un gobierno debilitado al
máximo. El Estado mexicano ha perdido el monopolio de la fuerza que los
teóricos consideran como factor indispensable para un gobierno eficaz. Hoy todo
el mundo puede usar la fuerza en México menos el gobierno. Los narcotraficantes
ejecutan sin temor a quien se opone a sus designios. Los grupos políticos
establecen barricadas en vías de comunicación y atacan a la fuerza pública con
bombas molotov, palos y piedras; si los policías responden, son destituidos,
encarcelados o exhibidos con recomendaciones de las comisiones de derechos
humanos. Los empresarios importantes no tienen problema en este país en el que
prevalece la ley de la selva porque se protegen con verdaderos ejércitos de
escoltas; pero la gente común y corriente está a merced de quienes recurren a
la violencia.
Si el gobierno no puede usar la fuerza pública, tampoco puede recurrir
a la inteligencia. El presidente Fox ha desmantelado buena parte del aparato de
inteligencia del Estado mexicano. Ni los criminales ni los revolucionarios
tienen nada de qué preocuparse ante un gobierno que nada ve ni escucha.
Gobernar México en estas
circunstancias no será fácil. Felipe Calderón corre con la suerte de recibir un
país estable en lo económico, pero sus retos políticos serán mayúsculos. ¿Podrá
superar esta herencia? Es difícil saberlo. No hay nada en su biografía que asegure
que cuenta con la fuerza o la voluntad para enfrentar las presiones. Sin
embargo, en nuestro sistema no hay otra opción. Las cámaras y las cortes tienen
una función de equilibrio de poder. Pero, sin importar la herencia que reciba,
es el presidente quien debe proporcionar el liderazgo que el país necesita para
salir adelante.