Las utopías detestan las ventanas. Los dueños de las
utopías –déspotas santificados por alguna ideología fanática- tratan a sus
rebaños como los padres excesivamente protectores a sus retoños.
Un cuestionario para padres y maestros de niños
pequeños que propone
“Si un niño está en el piso de arriba y oye a alguien
gritar desde fuera ¿qué debe hacer el niño si la ventana está abierta? A.
Mantenerse alejado. B. Asomarse a la ventana para ver”. ¿Respuesta correcta?
¡Desde luego que “A”!
Parece una medida de sentido común para proteger a
los niños pequeños del peligro. Pero estas advertencias contra la curiosidad y
el deseo natural de ver el mundo cuando se aplican a los adultos por parte de
algunos gobiernos son aterradoras.
Al término de
Lev Zajárovich Mejlis, comisario del Ejército Rojo y esbirro del aparato
de seguridad creado por Stalin, advertía desde antes
del fin de la guerra:
“No sólo en la
historia de
Los soldados y oficiales regresaron a
Hoy los fervientes adversarios de la globalización –que
predican cual misioneros la autarquía empobrecedora lo mismo a los pobres de
Brasil que a los de Oaxaca- razonan igual que Stalin
y sus esbirros: La globalización, la libertad de cruzar fronteras y emigrar así
como el libre comercio mundial son abominables: Hacen soñar a esos pobres con
la prosperidad y con la libertad.
Por eso también nuestros devaluados predicadores de
utopías elaboran cuidadosamente listas de ventanas prohibidas para sus rebaños:
tales publicaciones, tales libros, tales periodistas, tales intelectuales.
Hoy como ayer.