A diferencia del año pasado, en esta
ocasión no asistí a
Si bien me hubiera gustado escuchar
sus palabras de viva voz, la magia del internet me
permite hacerlo desde mi computadora, en mi oficina de la ciudad de Washington
mientras admiro el cambio en los tonos de las hojas de los frondosos árboles
que veo desde mis ventanas.
El discurso de Calderón fue soberbio.
Empezó por enfatizar la importancia que tenía acelerar el crecimiento económico
del país como elemento necesario, pero no suficiente, para alcanzar el
desarrollo económico, lo que debe incluir una generación de empleo mucho más
rápida de la que hemos podido alcanzar.
Para conseguir la dupla de
crecimiento y creación de fuentes de empleo, Calderón planteó como indispensable
invertir mucho más de los que en el pasado, tanto por lo que se refiere a la
inversión pública como a la privada, a la nacional y a la extranjera.
Para ello propuso un plan de acción
que consiste en seguir haciendo lo que se ha venido haciendo bien, como el
manejo responsable de las finanzas públicas para cuidar la estabilidad
económica y evitar las temibles crisis que tan caras nos salieron en 1976, 1982,
1987 y 1994 y que explican buena parte del estancamiento de la economía de las
últimas décadas.
A continuación, Calderón enfatizó la
necesidad de elevar la competitividad de nuestra economía y enumeró los
obstáculos que se interponen para ello: costos más elevados de producción
atribuibles a un deficiente aparato tributario; a energéticos muy caros; y a obstáculos
burocráticos y regulatorios serios.
Mencionó que hay que cambiar de
cuajo los incentivos que enfrentan los agentes económicos, que en última
instancia son todos quiénes invierten, ahorran y consumen en México, y cómo
ello debe implicar que quien cumpla con la ley le vaya bien, y que éste no sea
el caso para quien la viole.
Precisó también la necesidad de
definir el desarrollo nacional como algo más amplio, que incorpore no sólo el
desarrollo económico sino vaya por el progreso integral del hombre, lo que
implica cerrar las brechas entre ricos y pobres, entre norte y sur, y entre la
depredación humana y el medio ambiente.
Fijó como prioritario el fortalecimiento
institucional del Estado para habilitarlo a combatir con efectividad la
inseguridad pública, para lo que se comprometió a recuperar, como su primera
obligación como Presidente, la legalidad y a cumplir y hacer cumplir
Definió estas prioridades por encima
de intereses partidistas y agendas personales o de grupo, como auténticas
políticas de Estado en las que se tienen que involucrar todos los ciudadanos,
los partidos políticos y las organizaciones civiles, porque no cumplirlas los
afecta a todos y en forma muy grave.
Reconoció que su gobierno no tenía
alternativa sino restaurar la seguridad nacional como condición sin la cual es
imposible pensar en elevar la competitividad del país, generar los empleos
necesarios y crear la riqueza indispensable para mejorar la calidad de vida de
todos los mexicanos.
Remató con que éste México distinto
que él plantea alcanzar, es perfectamente posible y que es además compatible
con una mayor justicia, creciente libertad y más democracia.
Me parece un discurso que no tiene
desperdicio pues plantea con meridiana claridad las que, a mi juicio, son las
prioridades correctas, poniendo el énfasis en todos y cada uno de los problemas
que hay que superar y en los medios idóneos para hacerlo.