Se ha escrito mucho sobre la posible
vinculación causal entre el crecimiento irrefrenable de la informalidad económica
o la economía subterránea, como la llaman algunos, y el resurgimiento del
populismo en América Latina.
Parece lógico suponer que cuando un
número creciente de trabajadores carece de empleo formal y de los vínculos
institucionales que suelen acompañarlo, como su membresía en sindicatos y la
vinculación de éstos con partidos políticos, los informales sean más proclives
a creer las promesas populistas.
La forma en que opera la
informalidad significa que para protegerse de la extorsión despiadada de la que
son objeto por parte de las autoridades, suelen organizarse bajo el liderazgo
de dirigentes que se abrogan su representación y protección a cambio de dinero.
Esos líderes son quienes negocian con
los mandos gubernamentales y en “defendiendo” a sus agremiados hacen componendas
para apoyar políticamente las causas que patrocina la autoridad de quien
depende la policía local que extorsiona a los informales.
Mediante este mecanismo la autoridad
superior pone un techo a las exacciones que realizan los policías a cambio del soporte
de los informales a sus causas, que normalmente incluyen manifestaciones
callejeras, plantones y tomas de edificios.
Así, no es que los informales estén
necesariamente de acuerdo con los planteamientos populistas sino, más bien, los
funcionarios populistas son los que se han apoderado de su adhesión mediante la
negociación realizada con sus dirigentes a cambio de protección.
Estas redes de complicidades son un negociazo en el que medran quienes manejan a los líderes y
organizan mejor a las bandas de informales, en algunos casos convirtiéndoles en
grupos de choque, como lo ha hecho Rene Bejarano del PRD con taxistas piratas,
“panchos villas” invasores de tierras y
otros.
Desmontar estos enjambres ilícitos resulta
muy complicado pues la explotación de los informales es sumamente rentable.
Recuerdo que hace años se intentó tecnificar la recolección y procesamiento de
basura en la ciudad de México, pero resultó imposible hacerlo por la tajante
oposición a cualquier cambio por parte del gremio de pepenadores.
Una política de empleo integral como
la que ha prometido emprender el Presidente Electo Felipe Calderón toca, por fuerza, todos los ámbitos de la política
económica pero debe dedicar especial atención a simplificar el tránsito de la
economía subterránea a la economía formal.
Ello requiere de varias políticas
adicionales:
·
Eliminar la burocracia excesiva que implica que abrir
cualquier negocio en México sea un proceso dilatado y muy costoso.
·
Financiar el costo de la seguridad social en el sector
formal de la economía de fuentes neutrales de ingreso y no con impuestos sobre
las nóminas que operan como un elevado costo adicional para la creación de
empleo.
·
No otorgar prestaciones a los trabajadores informales como
el propuesto seguro popular, que no estén vinculados al tránsito de su
situación de empleo al sector formal de la economía.
·
Negociar con los líderes de los informales una carga
tributaria para sus afiliados que represente una reducción apreciable de la
carga que hoy entregan a autoridades corruptas por la protección que les venden.
·
Combatir con mayor efectividad el contrabando y la venta de
productos robados que proveen con sus productos a un número elevado de
informales.
·
Atacar el problema del ambulantaje
en la vía pública con una combinación de incentivos y castigos que permitan
liberar las calles y plazas del país.
Medidas como las anteriores y otras
similares se han aplicado con éxito en diversas ciudades del país, pero para
que haya un impacto a nivel nacional que permita un tránsito generalizado de la
economía subterránea a la formal, se requiere de estrecha colaboración en todos
los niveles de gobierno.
¿Apoyarán los populistas y los
corruptos?