Ante los numerosos y apasionados comentarios que suscitó mi
oposición a la pena de muerte, aun para criminales terribles como Saddam Hussein, confieso que me
he quedado con más preguntas que respuestas.
Por una parte, la mayoría de los comentarios parecen avalar,
para este caso concreto, la pena de muerte, dada la monstruosidad de los
crímenes de Hussein y su pertinaz empeño en mostrarse
orgulloso, en lugar de arrepentido, respecto de sus crímenes.
Además, se argumenta que la llamada pena capital es
aleccionadora y compensa, así sea muy imperfectamente, los sufrimientos
causados por el criminal.
Por otra parte aún hay muchos más ángulos no discutidos en este
asunto:
Si de lo que se trata es de hacer sufrir a Saddam Hussein al menos una
fracción de lo que él hizo sufrir a miles, entonces no le demos la compasiva
salida de morir en la horca: ¿qué es más ignominioso y humillante?, ¿matarlo rápidamente
para que se convierta en un héroe de los sunnitas contra los chíitas o dejarlo con vida, tal vez lobotomizado,
encerrado en una jaula como en un zoológico (los gastos de su manutención
podrían sufragarse con la venta de boletos para quienes quieran ver en vivo al
monstruo)? Sin duda, un castigo como el descrito sería más humillante e indigno
que la misma muerte. ¿Lo avalaríamos por su ejemplaridad, aunque implicase
tratar a un ser humano como bestia en cautiverio?, ¿qué persigue la aplicación
de castigos a los criminales?, ¿compensación?, ¿venganza?, ¿evitar nuevos
crímenes?, ¿cuáles son los incentivos correctos para el fin que se
persigue?
Ahora bien, en esta condena a muerte no falta cierta dosis
de hipocresía. La legislación iraquí, comparada con la legislación vigente en
la mayoría de los países occidentales, es bastante primitiva y no comparte los
valores occidentales de respeto a la vida humana, por lo que deberíamos
reflexionar si con esta condena casi medieval no estamos avalando un sistema de
justicia más cercano a la revancha que al respeto a la libertad y a la dignidad
humanas.
¿Creemos o no creemos en la superioridad moral y racional de
los valores occidentales o sólo lo hacemos cuando nos conviene?, ¿no estamos
avalando en Irak algo que jamás avalaríamos para nuestras propias sociedades,
escudados en un hipócrita "multiculturalismo"?
Y por último, las preguntas más perturbadoras: ¿por qué no
hemos hecho hablar a Saddam Hussein
acerca de sus tratos con Jacques Chirac, con Vladimir Putin, con algunos
políticos estadounidenses -como Donald Rumsfeld-, con el
hijo de Koffi Annan, quien
fue su cómplice en la corrupción del programa de