11/8/2006
Agenda bilateral para Felipe Calderón
Manuel Suárez Mier

Es evidente que la agenda México-Estados Unidos no se limita al tema migratorio, en el que me concentré ayer, aunque de momento sea el de mayor actualidad por la estridente oposición de una minoría identificada sobre todo con la extrema derecha del partido republicano.

 

Si bien hay que trabajar de consuno con el gobierno estadounidense en una política migratoria sensata que no pretenda derogar por decreto las leyes de la oferta y la demanda que rigen los flujos de trabajadores mexicanos al país del norte, y que el momento parece propicio a pesar de la opinión generalizada en México, existen otros asuntos que discutir.

 

El principal tema que obsesiona a Estados Unidos es acrecentar su seguridad nacional e impedir nuevos atentados terroristas como los ocurridos originalmente el 11 de septiembre del 2001, el infame 9/11 como se le conoce coloquialmente.

 

Las medidas que adoptó Estados Unidos cuando recuperó la iniciativa después de la agresión, implicaban la grave amenaza que el proceso de integración económica de norteamérica que se formalizó con la firma del TLCAN, pudiera verse obstaculizado o inclusive revertido.

 

Ello en buena medida no ha ocurrido porque las autoridades de los tres países trabajan discreta pero efectivamente en una agenda operativa amplia para facilitar, entre otros temas, trámites comerciales, aduaneros, de transporte y para construir infraestructura fronteriza común,.

 

La intención era montar una frontera perimetral segura en norteamérica, lo que implícitamente reconocía la dificultad de controlar los flujos humanos en los más de 9 mil kilómetros de linderos que hay entre Estados Unidos y sus dos vecinos, y es evidencia adicional del absurdo de la nueva valla.

 

Estos trabajos deben seguir adelante pero hay que poner un énfasis mayor en la construcción de mucho más infraestructura en México, para lo que el país no necesariamente cuenta con los recursos suficientes por lo que será necesario recurrir a créditos blandos y a nuevos mecanismos financieros.

 

En este punto es indispensable tener presente que a diferencia de la Unión Europea, en Norteamérica carecemos de los mecanismos institucionales que permitan la transferencia de recursos para el desarrollo, y que va a ser muy difícil que el Congreso de Estados Unidos delegue el control que actualmente ejerce sobre los recursos que ese país dedica a “ayuda externa.”

 

Como enseña la historia, el problema de aceptar ayuda externa de Estados Unidos es que suele ir acompañada de condiciones inaceptables para gobiernos como los de México, y que hoy en día seguramente incluirían la obligación de controlar la emigración hacia el norte, por la fuerza si fuera necesario.

 

El otro tema bilateral insoslayable es el narcotráfico que tan graves daños causa en México, dónde hemos pasado de ser una plataforma de reexportación de drogas provenientes de Sudamérica para convertirnos en importante mercado y centro operativo de los cárteles de distribución.

 

La secuela de adicción, violencia y corrupción, y el daño terrible a nuestras instituciones –policía, ejército, y administración de justicia- que deja a su paso el narcotráfico, constituye el principal problema de seguridad que enfrenta la región, más grave aún que el del terrorismo.

 

El mayor obstáculo para un efectivo combate al narcotráfico es la rotunda oposición de Estados Unidos a la única solución que tiene ese cáncer siniestro, que es la descriminalización de las drogas y tratar su consumo como un problema de salud pública y no como un asunto criminal.

 

El gobierno norteamericano es tan inflexible al respecto que obligó a Vicente Fox a dar marcha atrás en su tímido intento, hace algunos meses, por descriminalizar la posesión y consumo de pequeñas cantidades de droga para poder concentrar sus escasos recursos en combatir a los grandes cárteles.

 

Mañana seguiré desgranando la agenda binacional.

 



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