Miami (AIPE)-
“Capitalismo” es un término despectivo, inventado por socialistas del siglo XIX
para desprestigiar lo que Adam Smith
llamó “individualismo económico”. Los enemigos de la libertad individual
siempre han sido muy hábiles manipulando el lenguaje, logrando que la mayoría confíe
en los políticos que denuncian la maldad de la empresa privada. Entonces, supuestamente,
el político es bondadoso y el comerciante despiadado.
Pero como nos explicaba el brillante economista William H. Hutt, “…la competencia no es una
fuerza destructiva. Es todo lo contrario. Es el único principio de coordinación
en un mundo complejo”. Sin embargo, la izquierda siempre alaba la
cooperación y denuncia la competencia, pero resulta que esa competencia que
tanto desprecian existe entre empresarios para servir mejor al consumidor.
La manera de ganar
dinero en el libre mercado es logrando ofrecer productos y servicios mejores y
más baratos. A lo contrario de lo que nos sucede cuando entramos en una oficina
gubernamental, en el mercado nadie nos impone nada: compramos lo que queremos,
lo que nos gusta y damos la espalda a lo inferior y a lo caro. Así, el vendedor
de una empresa privada hace todo lo posible por ofrecernos lo mejor al menor
precio. Es decir, colabora con el consumidor, mientras compite duramente –en
beneficio nuestro– con los demás vendedores de
productos y servicios similares. Compare esa actitud hacia el cliente con la
del funcionario público: hacemos lo que el burócrata impone o no conseguimos
nada y podemos terminar presos. Entonces, ¿quién es el salvaje?
Una de las mayores
preocupaciones de quienes vivimos en Estados Unidos tiene que ver con los servicios
médicos y las medicinas, debido al acelerado avance hacia el sistema socialista
en todo lo relacionado con la salud. Así, los políticos buscan votos, pero la
politización de la medicina dispara los costos y reduce la eficiencia y calidad
del servicio. Hoy hay menos competencia entre laboratorios farmacéuticos que
desarrollan nuevos medicamentos porque el proceso de aprobación es tan
exageradamente largo y costoso que solamente unos pocos con inmensos capitales
pueden apostar cientos de millones de dólares en un novedoso fármaco. Eso, supuestamente,
evita medicamentos peligrosos, pero ¿cuántos mueren esperando que una nueva
droga sea oficialmente aprobada?
Ya casi nadie en
EEUU paga directamente por servicios médicos, hospitalización ni las medicinas
que consume. Nadie pregunta al médico o al hospital ¿cuánto va a costar? porque
lo pagará el seguro o el plan médico al que pertenece. Así, el mercado deja de funcionar,
la gente acude con frecuencia innecesaria al médico y a los hospitales. La gran
mayoría de las medicinas requieren una receta, con lo cual los gobernantes nos
dicen que somos suficientemente inteligentes para elegirlos, pero no para
comprar una dosis de antibiótico.
Debido a excesivas
regulaciones y a frecuentes demandas, los médicos temen conversar con sus
pacientes y se convierten en simples empleados de las empresas de seguros que
les imponen lo que pueden o no hacer con cada enfermo. El caos resulta cuando deja
de operar el mercado y desaparece la tradicional relación de confianza entre el
paciente y su médico. Ante esta tragedia, el socialismo no ofrece solución y los políticos de ambos partidos no admiten
sus equivocaciones, sino que nos ofrecen más intervención.
El
intervencionismo gubernamental que impide el libre funcionamiento del mercado siempre
crea graves problemas, mayores gastos, menos eficiencia y se logran menos
adelantos. El peor ejemplo es la educación pública, controlada por funcionarios
y sindicatos de maestros, donde los niños aprenden todo lo que no deben (recortándoles
inhumanamente sus años de inocencia) y prácticamente nada de lo que los prepararía
para ganarse honestamente la vida. Así, hoy vemos a universidades dando cursos
de lectura.
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