Como sostengo en mi libro “Populismo.
Una cura milagrosa” más allá de
la peculiar retórica y de otros rasgos entre folclóricos y mesiánicos, la
característica común a todos los populismos –y, de hecho, su esencia- es la
irresponsabilidad fiscal. El populismo produce déficit fiscales crecientes y,
ante cualquier obstáculo, recurre a las fugas hacia delante: Proponer más gasto
público deficitario como falso remedio a los males y enfermedades que el propio
populismo causó.
Entre su catálogo de ilusiones, el populismo
otorga un primerísimo lugar a la ilusión fiscal: El gasto del gobierno no sólo
es presentado como el remedio mágico para todos los males, además se quiere
creer que no tiene costo, a diferencia del gasto privado.
La inversa también es cierta: Una política
fiscal responsable sostenida a lo largo del tiempo propicia estabilidad
económica de largo plazo, lo que estimula más empleos formales, más ahorro y
menos ilusiones fiscales y monetarias. En la medida que la estabilidad
económica va engrosando a las clases medias –por ejemplo, gracias a la
adquisición de viviendas con créditos a tasa fija y a plazos tan largos como 20
ó 30 años-, los contribuyentes, que también son electores, son menos
susceptibles de sucumbir ante los señuelos del populismo, porque son menos
susceptibles de engañarse con ilusiones fiscales y monetarias.
(En este sentido, por cierto, merecerían
corregirse ciertos anuncios gubernamentales que presentan a la democracia como
causa de la estabilidad económica; algo que es erróneo. Lo cierto es lo
inverso: la estabilidad económica contribuye a una mayor democracia o, por lo
menos, a una democracia con electores más exigentes que demandan más
responsabilidad fiscal a los políticos).
Los políticos deberían tomar nota de que
conforme pasan los años y en México vivimos sin los sobresaltos económicos
(crisis) habituales en el pasado, un número creciente de electores se vuelve
menos susceptible de ser comprado con dádivas de dinero público (porque un
número de creciente de electores se ha vuelto, con la estabilidad,
contribuyente y sabe muy bien de qué bolsillo sale el gasto público que ofrecen
los políticos) o de ser seducido con ilusiones populistas.
Los políticos deberían tomar nota de que los
llamados “clivajes” –asuntos clave que dividen a los
electores, por ejemplo: a favor o en contra del libre comercio- van cambiando y
que el discurso que convencía al precarista que invadía terrenos en busca de un
techo, se vuelve odiosa charlatanería para los oídos del modesto obrero que
está pagando su casa propia –con plenos derechos de propiedad- gracias a una
hipoteca con pagos fijos a un plazo de 20 ó 30 años.
Las clases medias –y la propiedad de un bien
inmueble o de un pequeño negocio propio o el pago del impuesto sobre la renta
bastan para ingresar a ellas- no quieren seguir oyendo a políticos que les
meten la mano en el bolsillo mientras ofrecen alegremente más dinero público a
sus viejas clientelas.