Se ha puesto de moda comparar las complicadas
circunstancias que vivimos con las crisis recurrentes de fin de sexenio que tan
costosas han sido para México y, en especial, con la de 1994. Entre hoy y
mañana analizaré si tales parangones son pertinentes, empezando por las
circunstancias de la economía.
Al analizar hoy en día la situación
de las principales variables económicas, se concluye que el caos que quieren
crear las fuerzas antisistémicas en coalición –APPO,
PRD, etc.- para impedir el acceso del gobierno de Felipe Calderón al poder se da en un contexto bien distinto del de
crisis sexenales previas.
Para sustentar la afirmación
anterior resulta útil escudriñar las variables que suelen ser causales o
detonadoras de situaciones económicas críticas:
1.
Desequilibrio fiscal. Las crisis clásicas de
fin de sexenio como las de 1976 y 1982, se engendraron en un gasto público
excesivo. Gobiernos populistas que querían hacer muchas obras que resultó
imposible financiar con mayores impuestos, se endeudaron en exceso, primero,
pero cuando se agotó el crédito, el gasto deficitario acabó financiándose con préstamos
del banco central que implicaron crear dinero no respaldado por una mayor
producción, lo que eventualmente llevó a la devaluación de la moneda.
2.
Un tipo de cambio sobrevaluado. Esta es una variable
difícil de medir porque la simple comparación de la inflación en México y en
otros países no representa más que parte de la historia y hay que incorporar otras
variables como la productividad, el grado de apertura comercial, innovación
tecnológica, etc. Una moneda está sobrevaluada cuando todo o casi todo es más
caro en el país en comparación con los precios prevalecientes en el resto del
mundo. Tal cosa suele ocurrir cuando hay un tipo de cambio fijo en el que el
banco central se compromete a comprar y a vender divisas. La sobrevaluación de la paridad normalmente lleva a un
desequilibrio externo abultado, como un déficit en cuenta corriente superior al
5% del PIB, pero tal desequilibrio no necesariamente significa que haya sobrevaluación.
3.
Creación excesiva de
medios de pago. Cuando un banco central expande la cantidad de dinero por encima del
ritmo de crecimiento de la producción va a provocar tarde o temprano una
depreciación de la moneda que será gradual, en caso de tener una paridad
flexible, o que será abrupta en el de un tipo de cambio fijo.
4.
Movimientos adversos de los
términos de intercambio. Cuando los precios de las exportaciones de un país caen
mientras que los precios de sus importaciones permanecen sin cambio o se incrementan,
el país es más pobre que antes del cambio descrito. En esas circunstancias su
moneda se verá presionada a la baja como sucedió en México a partir de 1981 y,
sobre todo, cuando los precios del petróleo cayeron en picada en 1986.
México se encuentra actualmente bien
en todas y cada una de las variables enumeradas. El gobierno no tiene un desequilibrio
fiscal de corto plazo, aunque sus obligaciones contingentes no fondeadas por
concepto de seguridad social y otros, representarán niveles de deuda interna
muy altos en el futuro.
La otra gran diferencia hoy en día es
contar con un tipo de cambio flexible que iniciaría un proceso gradual de
depreciación si llega a haber una mayor demanda neta de divisas. Ello no ha
ocurrido, la deuda pública es modesta, las reservas internacionales elevadas y
el peso está firme.
La intervención del banco central ha
tenido el signo contrario del que suelen tener ante crisis cambiarias y
bancarias, y ha comprado, no vendido divisas. Si por el lado económico no hay
nubes amenazantes, ¿las hay en otras partes del horizonte? Este será el tema de
mi Aquelarre
Económico de mañana.