Me quedó tan bien el párrafo introductorio – ese resumen en cursivas que encabeza el
texto del artículo- que desearía dejarlo así, a otra cosa, mariposa, y nos
vemos mañana…
No se puede y sería un expediente fraudulento
para los lectores, pocos o algunos, de estas Ideas al vuelo. Además, hay que explicar, desglosar, “desagregar” –
como dicen en forma horrenda algunos economistas- el enunciado, desarrollar la
fórmula o descomponer el argumento en sus partes. Esa es la tarea fatigosa y
rutinaria, poco lucidora. Tiene algo de la normalidad que, precisamente,
aborrecen los amantes de los momentos estelares, esos que lo mismo se fatigan
en la búsqueda del “instante” mágico del Fausto de Gohete:
“Detente, instante, eres tan hermoso”,
que, frustrados, descargan sus ansias de emociones únicas en el presagio de
grandes catástrofes de las cuales, desde luego, ellos serán protagonistas.
La normalidad rutinaria – que no el tedio –
tiene mucho de bálsamo para los espíritus picados por el demonio de la
excepcionalidad. Pero además es el único camino conocido, en este mundo, para
vivir bien, progresar, pensar con claridad, entender de a poquitos el mundo y
contentarse con ese perpetuo cifrar y descifrar lo cotidiano que nos mantiene
cuerdos y vivos. La excepcionalidad, por el contrario, tiene un poder corrosivo
tremendo e inexorable sobre nosotros: No sólo “revoluciona” el organismo a tal
grado que los sistemas y aparatos envejecen en días lo que lo que en la
aburrida normalidad les tomaría años, sino que alteran tal vez sin remedio
nuestra capacidad de entender el mundo y de ver y oir
lo que los demás, los que vivimos en prosa, vemos y oímos.
¿A qué viene tanta reflexión abstracta?, ¿a
qué obedece este excepcional – nótese la paradoja- elogio de la aburrida
normalidad?
A un hecho muy sencillo: Que por más que
busco la inminencia de catástrofes en la vida política – rutinaria, previsible,
aburrida- de México para los próximos días ¡no la
encuentro! De veras no entiendo tanto alarde de gritos y amenazas de que el
primero de diciembre pasará esto u lo otro. O sí, perdón, si lo entiendo pero
me da tristeza por aquellos eternos perdedores que, ¡otra vez!, creen que en un
golpe de suerte – inopinado premio gordo de la lotería- se les hará el ansiado
milagro de fastidiar a México y a los mexicanos que, tercos, nos encontramos
muy a gusto en la normalidad.
Disculpen los lectores esta divagación,
dedicada a esos cuantos perturbados por el afán de excepcionalidad y empeñados,
ansiosos, por asustar al prójimo con el consabido “petate del muerto”. Les
tengo malas noticias: La normalidad siempre gana, retiren sus apuestas.