En mi Aquelarre de ayer afirmé que no había causas graves de preocupación
en el horizonte económico de este fin de sexenio. Las variables financieras, el
nivel de reservas, las obligaciones públicas y privadas de deuda externa, y una
auténtica flotación del peso, avalan la solidez de la economía.
Vale la pena, sin embargo, recordar
lo ocurrido en 1994 para determinar si nuestras actuales circunstancias políticas pudieran vulnerar un
“blindaje” económico que parece imbatible, como ocurrió hace doce años en lo
que fue la crisis más profunda –aunque no la más prolongada- que ha sufrido
México.
En el umbral de 1994 parecía que la
economía y la política del país marchaban hacia destinos inmejorables. Se había
recién logrado la aprobación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, consolidando
así la ruta para modernizar la economía mediante un acceso privilegiado al
principal mercado del mundo.
El optimismo caracterizaba a propios
y extraños y se presagiaban significativos flujos de inversión directa y en
cartera. La principal preocupación de las autoridades financieras era justamente
que la percepción de éxito generaba influjos de capital muy cuantiosos, difíciles
de manejar.
Frente a una afluencia de capitales
tan abundante, y dado que el sistema cambiario vigente entonces consistía de
bandas que le ponían piso y techo al tipo de cambio, que obligaban al Banco de
México a intervenir cada vez que la cotización del peso llegaba a ellas, éste
tenía sólo dos opciones:
·
Comprar dólares para sus reservas internacionales, que
llegaban ya a 30 mil millones de dólares –cifra sin precedente en esa época- y
colocar en el mercado instrumentos de deuda pública por los montos necesarios para
recoger los pesos utilizados para adquirir la moneda extranjera.
·
Dejar que los dólares circularan, lo que significaba que,
tarde o temprano, volverían a salir generando con ello un mayor déficit en la
cuenta corriente de la balanza de pagos, no sin antes presionar el nivel de
precios al alza.
A pesar de la irrupción del EZLN en
el escenario, el primer trimestre de 1994 presagiaba condiciones propicias. La
presión sobre los mercados financieros auguraba una apreciación cambiaria y menores tasas de interés, cuyo nivel en
CETES ya habían llegado a un mínimo histórico de 8.5%.
Hasta aquí, la comparación con lo
ocurrido hasta ahora en 2006 se sostiene, pues ni las estridentes campañas
políticas, ni la posición golpista adoptada por el perdedor de los comicios
presidenciales, ni la violencia en Oaxaca que se prolonga ya por seis meses,
han golpeado a los mercados financieros.
Fue entonces, en marzo de 1994,
cuando ocurrió el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la situación favorable de los mercados se revirtió
en forma abrupta. De no haber sido por la destreza de las autoridades
financieras en ese trance, la crisis que eventualmente explotó en diciembre se
hubiera adelantado.
A pesar del buen manejo, se
perdieron más de 15 mil millones de dólares de la reservas, las tasas de
interés se triplicaron a niveles cercanos al 20%, y se inició la colocación de Tesobonos denominados en moneda extranjera pensando que
pronto se restauraría la confianza en la solidez del país.
Ello lamentablemente no ocurrió pues
siguió habiendo incertidumbre y violencia y el sexenio terminó en una situación
de gran fragilidad, con la esperanza que el nuevo gobierno tomara una rienda
firme de los delicados asuntos económicos y políticos de la nación.
Ese tampoco fue el caso, y sobrevino
la devaluación de diciembre 19 y la debacle subsecuente.
Mañana discutiré las lecciones útiles del ’94 para evaluar luego bajo qué escenarios
podrían las circunstancias políticas de hoy demoler el sólido blindaje
financiero y rematar en una nueva crisis de inicio de sexenio.