Un día, un buen amigo, brillante economista y alumno de
Milton Friedman, me hizo el gran favor de enviarme
por correo electrónico un ensayo de Deidre McCloskey en homenaje al mismo Friedman.
Más allá de la anécdota, tal vez morbosa, de que Deidre
era antes el profesor Donald McCloskey
y un día decidió que se hallaba mejor siendo “ella” y no “él”, me impresionó
profundamente otra anécdota: McCloskey siendo
estudiante en
How do you know?
McCloskey recuerda que la pregunta le regresó
de golpe a la realidad: No sabía cómo sabía lo que decía saber. En otras
palabras: No sabía. Menuda lección: Aun cuando por azar demos en el blanco,
intelectualmente hablando, no sabemos más que aquello que somos capaces de
mostrar como una evidencia – “aquí está, velo”- o de demostrar mediante un
razonamiento lógico o matemático o, mejor todavía, lógico y matemático.
Años atrás de esta lección, yo había recibido muchas otras,
a larga distancia, de Milton Friedman. Otro amigo,
que era mi jefe en el Grupo Editorial Expansión, me regaló sin mayores
ceremonias un libro de Milton y Rose Friedman que se
llamaba en español “
Hoy, a la muerte de Friedman,
encuentro estas palabras que escribió su hijo David en su weblog:
“Cattle die, kindred die
Every man is mortal:
But the good name never dies
Of one who has done
well”
Que me atrevo a traducir libremente: “Las posesiones
materiales –el ganado- se pierden, los familiares mueren. Cada hombre es
mortal. Pero el buen nombre nunca muere para aquél que lo ha hecho bien”.
Un pálido indicador de lo bien que lo hizo Milton Friedman en este mundo es que esas escuetas palabras de su
hijo habían recibido la noche del sábado 139 comentarios… y contando. Una marca
inusitada, en sólo unas horas, para un breve inserto en una bitácora de la red
(ver en http://daviddfriedman.blogspot.com/2006/11/mf.html).