Adiós, adiós
al gran maestro. Nos abandonó el profesor Milton Friedman.
No pudo escapar a la mortalidad humana (algunos creíamos que era inmortal). Ya
no está físicamente con nosotros, falleció la semana pasada. Por fortuna, su
pensamiento y filosofía, sí son inmortales.
Sin duda
ha muerto el economista más influyente a nivel mundial en materia de política
económica en la segunda mitad del siglo XX.
Claro,
para los izquierdistas, ignorantes de los principios fundamentales de la
economía, ha muerto “el padre del neoliberalismo”. Cómo les dolió que Friedman haya sido un acérrimo y contundente crítico de las
ideas socialistas que aún pregonan los izquierdistas.
Después de
la llamada gran depresión, la mayoría de los gobiernos emprendieron políticas
keynesianas (llamadas así por su creador, el economista británico John Maynard Keynes)
que consistían en realizar grandes obras públicas, mediante gasto público
deficitario.
En aquel
entonces se pensaba que la causa de la inestabilidad del capitalismo era un
problema de demanda efectiva (o sea caía la demanda de mercancías por la gente,
y las empresas no invertían porque sus expectativas eran pesimistas) y que la
única manera de resolverlo era por la vía del uso intensivo del gasto público.
La construcción de grandes obras públicas y la creación de empleos
improductivos caracteriza a la época keynesiana.
Prácticamente
todos los países desarrollados de la primera mitad del siglo XX, aplicaron las
ideas keynesianas puntualmente. La mayoría de los economistas de aquel entonces
estaban como “hechizados” con las ideas keynesianas. Lo mismo en la academia
que en el ejercicio profesional, los economistas veían con entusiasmo el
crecimiento económico que estaba causando el keynesianismo. Parecía que se
había encontrado la varita mágica que por fin había terminado con las
recesiones de la economía.
Ya
en algún momento otro gran economista, Friedrich Hayeck, había sostenido diversos debates académicos con Keynes en torno al ciclo económico. Después de su llegada a Londres, Hayek entró en polémica con John Maynard Keynes.
El debate Hayek-Keynes fue quizás el más
importante sobre economía monetaria que se haya dado en el siglo XX. Comenzando
con su ensayo "El Fin del Laissez Faire" (1926), Keynes
presentó sus demandas de intervencionismo en el lenguaje de un liberalismo
pragmático clásico. Fue así que Keynes fue aclamado
como "el salvador del capitalismo", en vez de ser reconocido como lo
que era: un defensor de la inflación y de la intervención gubernamental.
Hayek detectó el problema
fundamental que adolecían en las concepciones económicas de Keynes:
su incapacidad para comprender el papel que juegan las tasas de interés y la
estructura del capital en una economía de mercado. Hayek
señaló que las categorías colectivas de Keynes
distraían a los economistas y les impedía examinar con la precisión debida cómo
la estructura industrial de la economía emergía de las opciones económicas de
los individuos.
Lamentablemente, aún
cuando la razón le asistía a Hayek (lo demuestra en
“La teoría pura del capital”, el libro más técnico que escribiera), para el
público y los estudiantes de economía, Keynes fue más
relevante. Se imponía la quimera cortoplacista del
gasto público.
A pesar de la seducción
que entre los gobiernos habían causado las teorías de Keynes,
no todos los economistas ni todas las escuelas de
economía se dejaron engañar por la quimera keynesiana. Surge un gran rival de
las ideas keynesianas: la legendaria Universidad de Chicago (que por aquel
entonces esta institución era más reconocida por su escuela de Física que por
la de Economía). Al frente un gigante: Milton Friedman.
Friedman, bajo la influencia de
las ideas liberales de Hayek, toma la batuta de
Friedman demuestra que el
keynesianismo afecta positivamente el crecimiento económico en el corto plazo
(el gasto público hace crecer a las economías en el corto plazo porque
artificialmente estimula la demanda agregada y crea entre los empresarios la
sensación de que sus mercados están creciendo. Al final los empresarios y los
trabajadores se dan cuenta de que lo único que está creciendo ya no es la
producción real sino sólo los precios -incluyendo salarios- pero en el largo
plazo lo único que deja son secuelas inflacionarias y lo peor: estancamiento
económico y desempleo.
Friedman demuestra lo siguiente:
·
A través del refinamiento de la vieja teoría cuantitativa
clásica, Friedman reconstruye y rediseña la moderna
teoría cuantitativa del dinero. Con esta nueva versión de la teoría
cuantitativa, se demuestra que la velocidad del dinero es estable en el tiempo
y que la demanda de dinero es inelástica a las tasas de interés. La demanda de
dinero de la gente y las empresas responden más al crecimiento de la producción
y al ingreso que las personas tendrán a lo largo de su vida (ingreso
permanente). Con esto se demuestra que el crecimiento del dinero por encima de
la producción en una economía sólo generará inflación. La inflación es un
fenómeno monetario. Si los gobiernos emiten dinero para financiar sus excesos de
gasto público, entonces lo único que crearán será inflación. Esta valiosa
aportación le mereció el Premio Nóbel en 1976.
·
Las recetas keynesianas sólo provocan crecimiento de corto
plazo (a través de variables nominales). En el largo plazo la producción no
cambia (las variables reales no cambian) y sí en cambio los precios y las tasas
de interés, las cuales acabarán siendo más altas como resultado del mayor gasto
público ejercido, lo que sin lugar a dudas termina por mermar el crecimiento
económico. A mayores tasas de interés provocadas por
un gobierno que demanda más recursos para gastar, entonces menor inversión y
consumo de las personas y las empresas (crowding
out). Resultado final: inflación y estancamiento económico.
·
Dado que la inflación es causada
única y exclusivamente por las emisiones de dinero, entonces lo que los
gobiernos deben hacer para controlarla, es hacer que la tasa de crecimiento del
dinero esté en concordancia con el crecimiento de las tasa de producción (o sea,
que crezcan a tasas similares -para Friedman lo ideal
es que el gobierno anuncie una tasa de crecimiento del dinero al público de
manera predeterminada, una tasa promedio similar al crecimiento del PIB). El
dinero no es riqueza por sí mismo, sino sólo un medio de intercambio y la mejor
manera de preservar su valor en el tiempo es que crezca en proporción a lo que
sí es riqueza real, la producción de bienes y servicios.
·
Que la gran depresión de los años treintas (siglo XX) no fue
causada por insuficiencia de demanda efectiva, sino por errores monetarios causados
por
Ya para la segunda mitad del siglo XX los países que aplicaron las
recetas keynesianas comienzan a tener serios problemas inflacionarios en
conjunción con desempleo (expresado a través de estancamiento económico). El
keynesianismo dejó su secuela: inflación, gobiernos endeudados y mercados
intervenidos a través de un estatismo enfermizo.
Es entonces cuando
algunos gobiernos comienzan a sacudirse el sofisma keynesiano. EU y Gran
Bretaña comienzan a aplicar las teorías de Milton Friedman.
Comienzan a controlar lo que habían olvidado: el control de la oferta
monetaria. Está en marcha ya la llamada revolución monetarista. Es una época en
que estos gobiernos comienzan a curar a sus enfermas economías. La receta:
controlar la inflación, bajar los impuestos e iniciar un proceso ambicioso de
desestatización de la economía (sobre todo en Gran Bretaña). A estos países se
les unen otros que inician medidas para controlar la inflación, por la vía de
instrumentar responsables políticas monetarias y fiscales e inician un programa
sin precedentes en materia de desestatizar a la
economía, secuela de la medicina keynesiana.
Pero la revolución
monetarista iría más lejos. Friedman juega un papel
fundamental en la formación de economistas latinoamericanos -en el posgrado de la universidad de Chicago- que luego, ya como
secretarios de hacienda y/o asesores económicos de primer nivel, aplican las
ideas monetaristas del maestro para controlar la inflación en varios países
latinoamericanos (era un cáncer la inflación en aquellos tiempos para la
mayoría de las economías latinoamericanas). Chile fue un gran laboratorio que
demostró los aciertos de la teoría friedmaniana.
El profesor Friedman no se conformó sólo con hacer contribuciones en el
mundo académico. Era de esos raros economistas que sabían comunicarse con el
público profano. Friedman sabía de lo importante que
era comunicar a la gente las ideas de cómo funcionan los mercados
correctamente, de cómo la intervención gubernamental termina empeorando el
bienestar y la asignación de recursos, del papel fundamental que juega el
mecanismo de precios en la asignación de recursos y cómo los gobiernos al
intervenir o crean inflación o provocan una deficiente asignación de recursos,
de cómo el libre comercio beneficia a la gente y cómo el proteccionismo
comercial la perjudica, de cómo la ausencia de competencia es lo que carcome a
la educación pública, de cómo la intervención de los gobiernos en la economía
acaba la mayoría de las veces empeorando el bienestar de las personas, etc.,
etc. Si usted, amigo lector, está interesado en conocer a este gigante, puede
acercarse a una de sus obras fundamentales, “La libertad de elegir”. Léala y
despierte, no se arrepentirá.
Friedman fue maestro a través de
su obras de todos los economistas liberales posteriores a su generación (aún
cuando algunos no hayamos tenido el privilegio de escucharle físicamente en la
cátedra). De entre sus estudiantes también surgieron otros premios Nobel de Economía como Lucas (uno de los precursores de la
nueva macroeconomía). Se puede apreciar la influencia mundial de este gran
economista.
Friedman visitó México a
principios de la década de los noventa y ya en aquel entonces sugirió
soluciones a problemas que hoy azotan a México: el narcotráfico y los
monopolios públicos. Del tráfico de drogas, Friedman
siempre aseguró que la lucha de los gobiernos como hoy está concebida, es
estéril y no ha podido evitar el crecimiento en el consumo de drogas. Para Friedman la solución era legalizar dicho mercado y que el
gobierno en vez de gastar recursos crecientes del contribuyente en combatir a
los narcotraficantes, mejor gastara en campañas de información sobre el daño
que causa el consumo de drogas. Que la gente decida si consume o no drogas y no
el gobierno. Para Friedman esto realmente acabaría
con el derramamiento de sangre que hoy priva en el narcotráfico y se reduciría
el consumo de drogas (lo que acarrearía que los precios de la droga cayeran, lo
que atraería a menos productores de droga-que además pagarían impuestos).
En cuanto al monopolio
petrolero, Friedman estaba consiente de lo complicado
que era políticamente en México deshacerse de Pemex
para dar pie a un mercado competitivo y abierto, así que su comentario fue: “Si
quieren que Pemex sea del pueblo, entonces
devuélvansela al pueblo”. Eso habría implicado que los mexicanos tuviéramos
acciones de Pemex, con lo cual sí seríamos los dueños
(y participaríamos de los beneficios del monopolio; no tendríamos que
aguantarnos las alzas en los combustibles como ocurrió la semana pasada) y no
como hoy ocurre, en donde los dueños son el gobierno en turno y los líderes
sindicales corruptos.
Grandes ideas de este
hombre que serían la solución a nuestros contemporáneos problemas.
Caray, se fue el gran maestro, el gran
amigo y padre de familia. El mundo no será igual sin el maestro. Pero para
consuelo de algunos, queda su herencia intelectual, su obra para que los
mortales que seguimos en la tierra, continuemos aprendiendo -y enseñando- las
grandes ideas del profesor Friedman. Ahí está el gran
legado. ¡Réquiem por Friedman!