Dos de mis estimables lectores, que
son además eruditos economistas, hicieron observaciones que mucho agradezco a
mi Aquelarre Económico del pasado 16
de noviembre, en el que pretendí extraer alguna lección útil sobre la crisis del
’94 y dilucidar si nos encontrábamos hoy ante su posible repetición.
Me queda claro que los hechos que
llevaron a la debacle de hace doce años siguen concitando un acalorado debate
pues no existe un acuerdo universal entre quienes hemos analizado lo ocurrido
entonces, ni en el diagnóstico de las causas ni en las medidas que pudieron
evitar la catástrofe.
Creo, sin embargo, que es de la
mayor importancia discutir de nuevo los argumentos e intentar llegar a concordancias
con objeto de evitar cometer errores similares en el futuro. Uno de mis
respetables críticos, escribió:
“…el gobierno de Carlos Salinas cometió durante 1994 varios
errores (graves) de política económica. El principal consistió en cambiar deuda
en pesos por Tesobonos, hasta llegar mucho más allá
de lo que los inversionistas podían considerar como sostenible.”
Después del atentado contra el
candidato priísta Luis Donaldo Colosio, las
autoridades financieras trataron, primero, de controlar la sangría de reservas
internacionales para evitar una devaluación masiva del peso que hubiera
ocurrido al quedarse el banco central sin dólares, adelantando nueve meses las
consecuencias devastadoras que habría de tener en diciembre.
Quienes piensan que se podía
enfrentar el abrupto cambio de expectativas con un ajuste al techo de la banda
cambiaria que operaba entonces o con una depreciación calibrada del peso, se equivocan,
pues la reacción del público hubiera sido exactamente la misma que tuvo más
adelante: pánico, seguido de copiosas salidas de capitales alimentadas por la
abundante liquidez existente.
Para evitar una mayor pérdida de
reservas las autoridades cerraron temporalmente el mercado cambiario y montaron
una amplia y exitosa campaña de información para tranquilizar a los
participantes en él. Al abrirse de nuevo la ventanilla de divisas no hubo ya pérdida
de reservas.
Complementariamente, recurrieron a
colocar deuda pública en dólares, lo que ya se había hecho en ocasiones previas
en las que se había evaporado la confianza, como en la víspera del debate sobre
el TLCAN en Estados Unidos entre el vicepresidente Al Gore y el precandidato Ross Perot en
1993.
Era evidente que remplazar deuda en
pesos con pasivos en dólares era riesgoso pues el balance de activos y pasivos
en moneda extranjera del sector público se tornaba mucho más vulnerable. El
razonamiento fue que la muerte de Colosio, al igual
que el debate Gore-Perot,
eran episodios con efectos pasajeros y no recurrentes, pero que los cimientos
económicos del país eran sólidos.
Ello llevó a las autoridades a
concluir que la preferencia de los inversores por los Tesobonos
con réditos en dólares se revertiría pronto ante el aumento del rendimiento de
los Cetes denominados en pesos, que casi se triplicó
después de la muerte de Colosio, y de su reposición
en la candidatura presidencial.
Por supuesto que hubo también
consideraciones políticas. Era evidente que con elecciones presidenciales a
principios de julio y la llegada de un nuevo y poco carismático candidato en el
PRI, una devaluación masiva de la moneda hubiera llevado a la indudable derrota
del aspirante del partido en el gobierno.
La tenacidad de la autoridad
financiera en rechazar mover la parte superior de la banda cambiaria o acelerar
su “desliz” para permitir una más rápida depreciación del peso, se sustentaba
en la firme convicción que cualquier cambio en el sistema de paridad vigente
desde el primer pacto para estabilizar la economía de 1987, resultaría en una
devaluación masiva e incontrolable.
Mañana terminaré este análisis que
intenta responder a los comentarios de mis amables lectores.