11/23/2006
Recuerdos del “Teatro Fantástico”
Ricardo Medina

Los programas de la televisión mexicana de los años sesenta suplían la pobreza de recursos técnicos con muchas ganas histriónicas de los actores y con la complicidad de los espectadores que aceptábamos, dócilmente, burdas estratagemas narrativas. Ejemplo: la de poner a los protagonistas de un cuento a dar vueltas alrededor del mismo árbol de cartón para que los niños interpretásemos que llevaban horas atravesando un tupido y extenso bosque.

 

Por alguna extraña asociación de ideas la farsa vespertina del 20 de noviembre en la plaza central de la Ciudad de México me recordó aquellas representaciones de cuentos infantiles que hacían Enrique Alonso y un grupo de actores en la vieja televisión mexicana. El “Teatro Fantástico” de Cachirulo.

 

Por lo visto, los niños premiábamos el esfuerzo histriónico de los actores creyéndonos enterita la simulación. Fingíamos ser tan crédulos porque era parte de la diversión, de la “verdad de las mentiras” de la que habla Mario Vargas Llosa; pero no faltaban los precoces realistas que destrozaban las ilusiones y se burlaban: “Le están dando la vuelta al mismo árbol de cartón y ustedes se creen que eso es un bosque…además es el mismo árbol de la semana pasada y de todos los domingos”.

 

La farsa del gobierno de cartón-piedra no es tan inocente. Reproduce el mismo maniqueísmo de héroes y villanos pero entra en colisión con el mundo real y ahí empiezan los problemas y la locura.

 

Por ejemplo: Dice el farsante mayor, posesionado de su papel, que a despecho de las razones técnicas que obligan a disminuir el subsidio a la leche Liconsa, el gobierno de la Ciudad de México – que, al parecer, sí pertenece al mundo real y no al terreno de las fantasías concertadas- habrá de mantenerlo. El dócil sirviente del farsante mayor – sirviente que en el mundo real será el jefe de gobierno de la ciudad- asiente y toma nota de la orden. ¿Acatará la farsa también en el mundo real?

 

El colmo es que esa disminución del subsidio fue aprobada por el Consejo de Administración de Liconsa en forma unánime y que el gobierno de la Ciudad forma parte de ese consejo. ¿No es llevar un poco lejos la complacencia con el farsante y sus exaltados heraldos consentir en esta locura colectiva a cargo de nuestros bolsillos?

 

Mejor sería aprovechar la escenografía, con todo y águila decimonónica, para alquilarla en fiestas infantiles durante las cuales el infante que cumpla años podrá tomar posesión del reino y ordenar premios y castigos para sus amiguitos; sólo mientras dure la fiesta y bajo la supervisión de un adulto cuerdo.

 

Con la renta del escenario podrían pagar el tratamiento psiquiátrico de los “cómicos” – que era como se les conocía antes-  que se quedaron en el “viaje fantástico”.



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