Los programas de la televisión mexicana de los años sesenta
suplían la pobreza de recursos técnicos con muchas ganas histriónicas de los
actores y con la complicidad de los espectadores que aceptábamos, dócilmente,
burdas estratagemas narrativas. Ejemplo: la de poner a los protagonistas de un
cuento a dar vueltas alrededor del mismo árbol de cartón para que los niños
interpretásemos que llevaban horas atravesando un tupido y extenso bosque.
Por alguna extraña asociación de ideas la farsa vespertina
del 20 de noviembre en la plaza central de
Por lo visto, los niños premiábamos el esfuerzo histriónico
de los actores creyéndonos enterita la simulación. Fingíamos ser tan crédulos
porque era parte de la diversión, de la “verdad de las mentiras” de la que
habla Mario Vargas Llosa; pero no faltaban los precoces realistas que
destrozaban las ilusiones y se burlaban: “Le están dando la vuelta al mismo
árbol de cartón y ustedes se creen que eso es un bosque…además es el mismo
árbol de la semana pasada y de todos los domingos”.
La farsa del gobierno de cartón-piedra no es tan inocente.
Reproduce el mismo maniqueísmo de héroes y villanos pero entra en colisión con
el mundo real y ahí empiezan los problemas y la locura.
Por ejemplo: Dice el farsante mayor, posesionado de su
papel, que a despecho de las razones técnicas que obligan a disminuir el
subsidio a la leche Liconsa, el gobierno de
El colmo es que esa disminución del subsidio fue aprobada
por el Consejo de Administración de Liconsa en forma
unánime y que el gobierno de
Mejor sería aprovechar la escenografía, con todo y águila
decimonónica, para alquilarla en fiestas infantiles durante las cuales el
infante que cumpla años podrá tomar posesión del reino y ordenar premios y
castigos para sus amiguitos; sólo mientras dure la fiesta y bajo la supervisión
de un adulto cuerdo.
Con la renta del escenario podrían pagar el tratamiento
psiquiátrico de los “cómicos” – que era como se les conocía antes- que se quedaron en el “viaje fantástico”.