Esta semana se apareció
un suplemento especial sobre México en el semanario The Economist -el primero que se publica
desde el año 2000-. El texto plantea dos preguntas capitales. Primero, si la
nueva administración podrá gobernar al país a partir del clima de confrontación
que se ha generado desde las elecciones presidenciales, y sobre todo desde la
crisis postelectoral. Segundo, si podremos construir un camino hacia la
consolidación de la apertura democrática y el alto crecimiento económico.
En
síntesis, el dilema parecería ser si lograremos pasar hacia la modernización, o
haremos el retroceso inevitable hacia el círculo de pobreza, populismo y patrimonialismo del pasado. Otra vez, vivimos un escenario
caracterizado por la eterna disyuntiva de vivir y convivir entre la crisis y
Los
desafíos que enfrenta Felipe Calderón, sin duda, son históricos tanto por su variedad
como por su novedad. Hemos enfrentado varias crisis, pero nunca de la magnitud
o naturaleza del escenario actual. Calderón deberá enfrentar, hasta confrontar,
a un Mesías tropical que se ha auto-proclamado “el presidente legítimo”; deberá
refutar el llamado de “mandar la diablo” a las instituciones; deberá lidiar con
un gobierno que aparenta ser más negro, que sombra. Están también los grupos
armados, la crisis en Oaxaca, el escalofriante ascenso del crimen organizado
como primera fuerza de coerción en el país, amparados por la mini-tesis que la
paz social (la de los criminales, nos imaginamos) tiene prioridad sobre el
imperio de la ley, y donde ni los chiquillos y chiquillas del país de las
maravillas están a salvo del secuestro, del terror, del miedo.
Calderón
enfrenta un país sin contrato social, donde reina más el estado de chueco que
el estado de derecho, con una recesión económica a la vuelta de la esquina, con
muros y mentiras al norte de la frontera, profundas divisiones en el aparato
legislativo, donde el PRI, tercera fuerza política del país, sigue sin rumbo
definido, pero es también el fiel de la balanza. Los altos precios del petróleo
han fabricado un espejismo de abundancia, pero el desempeño económico, a pesar
de la estabilidad, ha sido totalmente mediocre. La nación, al filo de la
navaja, se encuentra polarizada.
Esa
es la tiranía del statu quo que
enfrenta el nuevo gobierno. Vaya, hasta la toma de posesión está en entredicho,
desde la sede hasta el acto mismo. Parecería que no hay de otra más que
resignarse ante un destino de crisis y catástrofe. Empero, dice Reid, Calderón deberá atacar los mismos bastiones de
privilegio que sobrevivieron la transición hacia la alternancia desde los
sindicatos educativos hasta las los caciquismos policíacos, desde los
monopolios públicos hasta los oligopolios privados, desde un impulso
revolucionario hasta una manifestación que paraliza. El crimen organizado, así
como el desorganizado. Y a la vez, reconocer que los quince millones de votos
que obtuvo López son muestra de una profunda insatisfacción con el orden
prevaleciente, y su tiranía de privilegios. Ello sí tiene remedio.
Pero
el remedio no es la expansión en el ogro filantrópico, o la solución mágica, o
el regreso al presidencialismo. Hay, dentro de la crisis, una gran oportunidad,
tanto para la reconstrucción de la gobernabilidad, como para capturar una
cultura de alto crecimiento. Pero para ello, la nueva administración debe
renunciar la tiranía del antiguo régimen, y mandar al diablo, nunca a las
instituciones, pero sí al viejo orden de privilegios, favores y mercantilismo.
Eso, ante todo, ante lo que sea, sí es motivo de esperanza -de legítima esperanza-.