Es una farsa, por supuesto, en la que difícilmente creen incluso sus
más fieles simpatizantes. Pero el hecho es que este lunes pasado, aniversario
de
Su decisión de utilizar esa expresión de “presidente legítimo” revela,
por una parte, su obsesión con el poder y, por la otra, la conciencia de la
ilegitimidad de su nombramiento. Dime de qué presumes, dice la sabiduría popular,
y te diré de qué careces.
López Obrador ha abandonado toda pretensión de cubrir el expediente de
la democracia. Ha cuestionado los resultados de una elección, quizá imperfecta
pero realizada por ciudadanos y verificada una y otra vez por procedimientos de
seguridad establecidos con el tiempo y que hoy son ejemplo para otros sistemas
electorales del mundo. En cambio se autoproclama “presidente” tras un voto a
mano alzada, sin un conteo formal, en una reunión a la que acudieron sólo sus
incondicionales.
En otras circunstancias o en otro país López Obrador sería nada más
objeto de burlas indulgentes por parte de los ciudadanos. Pero la experiencia
ha demostrado una y otra vez que él es un real peligro para México. Ya nos dio
una primera probada en 1995, con sus bloqueos de pozos petroleros en Tabasco. Lo
ha evidenciado también en este 2006 con su bloqueo del Paseo de
Por supuesto que la ceremonia de este 20 de noviembre fue una farsa.
Pero las consecuencias para el país pueden ser realmente muy negativas. López
Obrador quiere arrastrar a México a los tiempos de los caudillos, aquellos en
que no era el voto sino la capacidad de desquiciar la vida política y económica
del país lo que determinaba el acceso al poder. Es verdad que no cuenta, como
aquellos caudillos de antaño, con una fuerza militar propia para tratar de
derrocar al gobierno establecido. Pero su táctica es incluso peor para los
ciudadanos. Está apostando a que sus acciones destructivas generan un deterioro
tal en el clima económico y político del país que obligue al pueblo, en su
desesperación, a buscarlo como el “salvador de la patria”. A un siglo y medio
de distancia quiere convertirse en émulo de Antonio López de Santa Ana.
Vicente Fox ha sido hasta el último
momento de su mandato un presidente demasiado débil para enfrentar la amenaza
de López Obrador y de sus incondicionales. No queda claro, por otra parte, si
Felipe Calderón tendrá más fuerza para contenerlo. Por ello se requiere de una
respuesta decidida y unida de todos los demócratas de nuestro país sin importar
su partido de preferencia. Todos estamos siendo amenazados por un político que
piensa que a estas alturas todavía alguien puede autoproclamarse salvador de la
patria.