11/28/2006
La oportunidad de oro de Felipe Calderón
Fernando Amerlinck

Fox nos hereda una economía estable pero una vasta crisis política; inédita –al menos en tres generaciones– por un largo etcétera: la gravedad de la división social; el ánimo de odio y resentimiento; la resurrección de agravios viejos; el nivel de las acusaciones; la violencia soterrada o ejercida; el caudillismo destructivo; la brutal descalificación contra las instituciones, se las mande o no al diablo.

 

Creo que tal desbarajuste viene, más que de las horrendas carencias intelectuales y políticas del gobierno foxista, de la inaplicación de la ley. Ejercer el poder implica, en un régimen democrático, usar a plenitud la fuerza del Estado para imponer el orden y el derecho. No hacerlo es una vulgar cobardía.

 

Tan atroz falta de acción oportuna y oficio político hereda también a su sucesor una oportunidad de platino para legitimarse: dar un camapanazo político realizable, literalmente, en sus primeros días de régimen.

 

La oportunidad es para la valentía de ejercer el poder, luego del foxiano no poder y no querer. Oportunidad para el derecho. Para la ley. Para el gobierno. Para un golpe de mano que simbolice, signifique y caracterice, el verdadero cambio. No el “cambio” de quien repitió –pero como farsa– las prácticas de los dinosaurios, quienes perfeccionaron hasta el virtuosismo su corrupción y malas artes; pero que no hacían el ridículo.

 

Felipe, primer presidente abogado en 18 años, podría comenzar aplicando un arma clarísima a la que –como bien dice él– se ha perdido todo respeto: la ley a secas.

 

Su mejor oportunidad será combatir sin ambages y desde el primer día a quienes han cometido delitos de jurisdicción federal. Concomitantemente, abandonar todo “diálogo” con quienes incendian camiones, conculcan todo derecho ajeno y dicen “aceptas de antemano todas mis condiciones o no hay negociación”. ¿Se puede hablar con quien exige al interlocutor, antes de empezar a hablar, bajarse los calzones? Buscar tal “diálogo” es disfrazar la propia cobardía. Es violar el juramento laico de respetar y hacer respetar la Constitución y las leyes, base de toda sociedad civilizada.

 

Alguien ha dicho que nada habría más revolucionario en México, que empezar a cumplir la ley sin miramientos. Hoy esa revolución es más necesaria que nunca. Y Felipe Calderón debe demostrar que –como por ahora lo supongo– tiene el carácter y tamaños para hacerlo.



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