Fox nos hereda una economía estable
pero una vasta crisis política; inédita –al menos en tres generaciones–
por un largo etcétera: la gravedad de la división social; el ánimo de odio y
resentimiento; la resurrección de agravios viejos; el nivel de las acusaciones;
la violencia soterrada o ejercida; el caudillismo destructivo; la brutal
descalificación contra las instituciones, se las mande o no al diablo.
Creo que tal desbarajuste viene, más
que de las horrendas carencias intelectuales y políticas del gobierno foxista, de la inaplicación de la ley. Ejercer el poder
implica, en un régimen democrático, usar a plenitud la fuerza del Estado para
imponer el orden y el derecho. No hacerlo es una vulgar cobardía.
Tan atroz falta de acción oportuna y
oficio político hereda también a su sucesor una oportunidad de platino para
legitimarse: dar un camapanazo político realizable,
literalmente, en sus primeros días de régimen.
La oportunidad es para la valentía
de ejercer el poder, luego del foxiano no poder y no
querer. Oportunidad para el derecho. Para la ley. Para el gobierno. Para un
golpe de mano que simbolice, signifique y caracterice, el verdadero cambio. No
el “cambio” de quien repitió –pero como farsa– las
prácticas de los dinosaurios, quienes perfeccionaron hasta el virtuosismo su
corrupción y malas artes; pero que no hacían el ridículo.
Felipe, primer presidente abogado en
18 años, podría comenzar aplicando un arma clarísima a la que –como bien dice él– se ha perdido todo respeto: la ley a secas.
Su mejor oportunidad será combatir
sin ambages y desde el primer día a quienes han cometido delitos de
jurisdicción federal. Concomitantemente, abandonar todo “diálogo” con quienes
incendian camiones, conculcan todo derecho ajeno y dicen “aceptas de antemano
todas mis condiciones o no hay negociación”. ¿Se puede hablar con quien exige
al interlocutor, antes de empezar a hablar, bajarse los calzones? Buscar tal
“diálogo” es disfrazar la propia cobardía. Es violar el juramento laico de
respetar y hacer respetar
Alguien ha dicho que nada habría más
revolucionario en México, que empezar a cumplir la ley sin miramientos. Hoy esa
revolución es más necesaria que nunca. Y Felipe Calderón debe demostrar que
–como por ahora lo supongo– tiene el carácter y
tamaños para hacerlo.