He venido discutiendo en mis últimos
Aquelarres Económicos el tema de
seguridad nacional en México y en Estados Unidos y cómo las diferencias en las
respectivas definiciones suscitan posibles problemas en la relación bilateral
pero también entrañan oportunidades de resolverse con talento e imaginación.
Un aspecto clave del tema de
seguridad nacional es el relativo a la competitividad de América del norte dado
que el TLCAN une a Canadá, Estados Unidos y México en un círculo comercial y
político con múltiples dimensiones pero que puede utilizarse para innovar en
aspectos vitales para la región.
La competitividad en México se
encuentra estancada, como era de esperarse como consecuencia de la suspensión de
las reformas estructurales que debieran haber seguido a la firma del TLCAN, y
que son indispensables para elevar la eficiencia de
nuestra economía.
El otro elemento que explica el bajo
dinamismo de la competitividad de los trabajadores mexicanos en su país, es la
pésima infraestructura institucional y física que prevalece en su entorno
productivo, que se caracteriza por medios de transportes y comunicaciones deficientes
y caros, y por servicios públicos insuficientes,
plagados de trámites y burocracia inútiles y costosos.
En esas condiciones generar empleo
en México resulta muy gravoso por lo que en este sexenio sólo se crearon 442
mil plazas por año en el sector protegido de la economía –en el que se otorgan
prestaciones y se pagan impuestos- mientras que se incorporan al mercado
laboral 1.2 millones de personas cada año.
Quiénes no encuentran empleo en el
ámbito económico regulado se ven obligados a buscarlo en las calles o a emigrar
a Estados Unidos, dónde se estima que la productividad de nuestros trabajadores
se triplica por el sólo hecho de cruzar la frontera, a pesar de las barreras
que les imponen un idioma y una cultura que les resultan extrañas y con
frecuencia hasta hostiles.
De acuerdo a un estudio reciente
realizado por el Wilson Center, un think-tank de la ciudad de Washington, se estima que cada año
ingresan ilegalmente alrededor de 800 mil personas a Estados Unidos, la mayor
parte de ellas provenientes de México, que se suman a los 12 millones de
residente ilegales.
El estudio titulado Inmigración y el Futuro de Estados Unidos:
Un Nuevo Capítulo señala que:
“…si bien la mayoría de
los inmigrantes ilegales no representa un peligro para la seguridad nacional de
Estados Unidos, las fronteras deben ser la primera línea de salvaguardia. En el
entorno posterior al 9/11 los estadounidenses están particularmente preocupados
de terroristas que crucen una frontera porosa o que ingresen fraudulentamente
al país en sitios de acceso legal.”
En algunos círculos académicos y
políticos de Estados Unidos se ha llegado inclusive a sugerir que sería
conveniente obligar a México a tomar medidas para impedir que sus ciudadanos
crucen la frontera con Estados Unidos, y que la inmigración ilegal de nuestro
país representa una gran conspiración para recuperar los territorios perdidos
en la guerra de 1848.
Más allá de excesos como éste, es
claro que existe una presión creciente sobre el gobierno de Estados Unidos de “hacer
algo” respecto a sus fronteras, aunque la única solución de fondo radica en
alcanzar un crecimiento económico mucho más acelerado en México, que genere no
sólo los puestos de trabajo de quienes se incorporan al mercado laboral sino
que empiece a reducir el rezago anterior.
Para alcanzar el desarrollo
económico con estas características en México, se requiere adoptar políticas
públicas para que la competitividad de la economía crezca rápidamente, para lo
que es necesario retomar la senda de las reformas estructurales.
Sin embargo, la cooperación en el
ámbito de los países del TLCAN puede contribuir en forma importante, como
argumentaré mañana.