Ricardo II,
la célebre obra de William Shakespeare, relata la disputa entre un rey y un
revolucionario, cuyas formas de ser chocan radicalmente, en detrimento del
orden y de la sociedad. El drama conlleva una lección sobre los límites del liderazgo,
así como las consecuencias no intencionadas que emanan de la usurpación del régimen—en
el reino político, en el marco jurídico, en la familia, en las relaciones
civiles, en el jardín nacional, en la ecología institucional.
Ricardo
II aparenta ser un tirano, quién ejerce sus caprichos al margen o por arriba,
de la ley. Sin embargo, subestima su papel como gobernante legítimo. Su
incompetencia nace de la inocente vanidad de que él, sólo él, es la encarnación
de la voluntad política. Pero su indiferencia a la resolución de disputas,
hasta la conservación del contrato social, lo convierten en un ser incapaz de
gobernar. Ricardo II vacila, se pregunta si es realmente el rey, a la vez que
supone que su fuero constituye un cheque en blanco para hacer lo que sea. No
comprende los límites del ejercicio político, ni el contrato que subyace la
relación entre la sociedad civil y la polis
reinante. Cuando surge una disputa territorial entre los civiles prefiere
ignorar el problema, en vez de enfrentarlo. A la postre, de forma arbitraria,
expropia los terrenos de los personajes más respetados del reino, como el
ilustre Gante.
La
tragedia es menos de un drama individual y más del destino de una patria sin un
rumbo, sin un liderazgo eficaz. Ricardo disfruta de legitimidad, pero falla en
forma lamentable en el ejercicio de sus deberes. Su contraparte, Enrique Lancaster, injustamente expulsado de su madre patria,
regresa para revolucionar el orden. Enrique tiene virtudes, es admirado, un
estupendo estratega—pero no tiene legitimidad política. Gante, a punto de
morir, resume la tragedia de este choque de fuerzas aludiendo a la violación de
su demi-paraíso, el Edén territorial, secuestrado por
debilidad y rebelión.
El
secuestro ocurre a nivel individual, también. Ricardo no escucha, cree que
todos sus deseos deben, por ser suyos, convertirse en realidad—al margen de la
ley, la tradición, o el lazo familiar. Este hubris lo alimenta una corte
extravagante de asesores, que nunca le hablan con la verdad, que le hacen
creer, siempre, sus propias mentiras. Son los jardineros de una patria podrida,
más bien orugas que con sus adulaciones, sus ritos de servidumbre, han
fragmentado las raíces del jardín, generado turbulencia, corrupción y
desconfianza. El individualismo de Ricardo nace de su tonta vanidad, de ver el
mundo como suyo, girando siempre a su alrededor. Cree que todo es maravilloso;
y cuando no lo resulta ser, cuando cae, asume la posición de un mártir
infantil.
Si
bien Enrique tiene causa legítima para buscar la restitución de sus derechos,
no la tiene para ser el héroe revolucionario. Su arrogancia no respeta el
orden, el derecho, las tradiciones del régimen. Sin duda, logra derrotar a
Ricardo, pero el cuerpo político queda desalmado, sin corazón ni cabeza, en un
escenario de “darwinismo social,” donde ganar es función de músculo, del quien
pega más fuerte. Ricardo evade decidir, enfrentar el mundo real, buscando en
vez los falsos halagos de una corte corrupta y deshonesta. Ello refleja un vacío
de liderazgo, pero no constituye una justificación para revolucionar el reino
político. Ambos, Ricardo y Enrique, carecen de la humildad y sabiduría práctica
que requieren los líderes para enfrentar los problemas que llegue a vivir el
orden civil.
El
liderazgo, así visto, no es un mecanismo de reformación. Un líder debe respetar
las instituciones, y dejar ser. El derecho a gobernar no implica un amparo ante
la rendición de cuentas. Ese es el origen del tirano, el “zorro” que, con
astucia, sabe cuando prometer, cuando excusar, cuando acusar, como abusar los escasos
recursos del jardín, desde la raíz más profunda hasta los bosques más
apreciados.
Esa es la tragedia de Ricardo II—una tragedia derivada de la vanidad, del idiota que no
ve, del perfecto idiota que se la cree, y del resto de nosotros que toleramos.