Sigo hoy con la discusión para entender
mejor el complicado rompecabezas de la seguridad nacional en México y Estados
Unidos, y cómo podemos tomar ventaja de la obsesión que tienen los
estadounidenses por conseguir controlar sus fronteras ante el amago de una
inmigración ilegal incontrolable.
Concluí ayer que una condición sine-qua-non para generar suficientes
empleos bien remunerados en México, situación que sin duda contribuiría a
detener el flujo migratorio a EU, es restaurar el crecimiento de la
competitividad de la economía, lo que requiere adoptar las reformas
estructurales pendientes.
Si bien la plena responsabilidad de
lo anterior radica en las políticas públicas que adopte el gobierno de México,
es perfectamente posible reclutar el apoyo de nuestros socios en el TLCAN para
allegarnos de recursos adicionales y asesoría técnica para emprender obras de
infraestructura esenciales.
Quienes tuvimos alguna participación
en conseguir la aprobación del TLCAN a principio de los años noventa, teníamos
claro que México no podía aspirar a apoyos financieros como los que recibieron
países miembros de la Unión Europea de menor desarrollo económico relativo,
como España y Portugal.
La razón era muy sencilla. En el
caso de norteamérica tales recursos, que provendrían
sobre todo de Estados Unidos, serían de inmediato catalogados como “ayuda
externa” y controlados por la cámara baja de su Congreso, que suele imponerles
todo tipo de condiciones políticas a cambio.
Esta situación no ha variado, pero
ante los nuevos imperativos de mejorar la seguridad del área me da la impresión
que están dadas las condiciones necesarias en Estados Unidos para conseguir que
en el marco del TLCAN se canalicen cantidades importantes de recursos a mejorar
la infraestructura en México en proyectos relacionados con nuestra seguridad
regional.
Tales obras, que incluirían
inversiones cuantiosas en instalaciones ferroviarias, carreteras, puertos, etc.,
estarían ostensiblemente vinculadas a mejorar las condiciones de seguridad en
la región fronteriza pero coadyuvarían también a elevar la competitividad en
México al abatir costos productivos en todo el país.
Si se consigue, por ejemplo, que el
Congreso norteamericano apruebe recursos para aportar capital al Nadbank –Banco de Desarrollo de América del Norte-,
institución que se creó para apoyar la infraestructura que facilite una mejor
integración económica entre México y Estados Unidos, se habría dado un paso
importante para canalizar recursos del norte al sur en condiciones aceptables.
Otro ámbito que es crucial para reanudar
el crecimiento en la competitividad de la economía mexicana es la restauración
de un Estado de Derecho efectivo que permita que se cumpla la ley en todo el
territorio nacional, en particular en zonas donde el crimen organizado actúa
con plena impunidad.
En este renglón, las posibilidades
de cooperación binacional son enormes ante la evidente vinculación de los
narcotraficantes con otras actividades ilegales como el contrabando, sobre todo
de armas y personas.
Para que un programa como este
funcione cabalmente, tiene que incorporar no sólo las labores de “inteligencia”
sino también las de rastrear el tráfico de substancias y personas ilegales en
los territorios de ambos países, para lo que se requiere de un trabajo mucho
más cercano de las autoridades respectivas.
El presidente electo de México
Felipe Calderón, ha enfatizado que la primera prioridad de su mandato es
restaurar el Estado de Derecho perdido en diversas zonas del país, incluyendo
parte de nuestras fronteras, y recuperar las condiciones que les permitan a los
ciudadanos vivir en paz.
Dada la descomposición que prevalece
a este respecto, tan ímproba labora requiere de una muy estrecha colaboración
con las autoridades de Estados Unidos. De otra naturaleza, su gobierno se verá
forzado a actuar de manera unilateral en proyectos fallidos, como el de la
valla aprobada recientemente, para detener el ingreso de inmigrantes ilegales a
su territorio.