Estoy parado en medio de la celda.
Un paso largo y topo con la gruesa puerta de metal. Tiene una mirilla en medio.
Sí, a la altura de mis ojos. Mido (hasta donde recuerdo porque dicen que en
estos hoteles de lujo uno se va haciendo más corto) un metro con
Un día imaginé que quien me
observaba era el mismo bicho inmundo. Y le grité: “¡Traidor, da la cara!,
¡mátame de una vez con tus manos!, ¡deja de jugar al civilizado, que nadie te
lo cree!” Imaginé entonces, febril, que la puerta se abriría y recibiría, otra
vez, una andanada de golpes y patadas. Escupitajos. Insultos. Amenazas. No pasó
nada y el terror fue peor porque sabía que me habían escuchado. Si la puerta no
se abrió es que, en efecto, detrás de ella estaba el mismo Fidel. Y me
cobrará la osadía. Él no se ensucia las
manos. Es abogado y se parapeta tras una fachada legalista. Ha hecho las leyes
a su medida. Les costó lo suyo fabricarnos los cargos de traidores. Hasta
logramos que él acudiera al tribunal a testificar en nuestra contra. Mentira
que decía, mentira que a gritos le refutaba mientras el juez manoteaba y me
ordenaba callar. Le falló la jugada a Fidel. Jamás volverá a presentarse en un
juicio (…) No se arriesgará a que otro compañero de lucha le recuerde sus ataques
de cobardía, allá en la sierra, cuando “el gran comandante” se hacía un ovillo
en la trinchera, cuan largo es, apenas escuchaba el ruido de los aviones de
Batista.
Si doy dos pasos hacia atrás chocaré
con la pared. Si extiendo los brazos, la punta de los dedos de cada mano queda
a escasos centímetros de cada una de las paredes laterales. A mi izquierda –
estoy viendo al frente de la celda, hacia esa odiosa plancha de metal con su
mirilla insolente-, está mi cama, mi mesa, mi silla. Todo en uno. Es una plancha
de concreto a unos treinta centímetros del suelo. Ahí me siento. Ahí me
acuesto. Ahí pongo los codos cuando, hincado, escondo la cabeza entre las manos
y me pongo a llorar o a rezar.