Madrid (AIPE)- Suele afirmarse que el dinero
cumple tres funciones: medio de pago, unidad de cuenta y depósito de valor.
Aquellos bienes que logran conservar el valor eficazmente se convierten en
medios de pago y una vez se generaliza ese medio de pago pasan a ser unidad de
cuenta. En un principio sólo existen bienes que conservan mejor que otros el
valor, porque éste disminuye más lentamente tanto si incrementamos la cantidad
como el horizonte temporal de uso. A esta menor disminución del valor la
llamaremos liquidez y es la característica esencial del dinero; esto es, su
superior aptitud para circular.
Así se emplearon históricamente como dinero
bienes como el ganado (que podía trasladarse en grandes cantidades a largas
distancias), la sal (que podía conservarse durante largos períodos) o metales
como el cobre, el hierro, la plata y finalmente el oro. Las razones que
convirtieron al oro en un bien generalmente aceptado como medio de intercambio
fueron varias: su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación, su
enorme divisibilidad, su homogeneidad, la dificultad de ser falsificado, su
cualidad de metal precioso internacionalmente reconocido y, sobre todo, la baja
proporción entre la producción anual y el stock de existencias (se tardarían
unos 50 años en producir toda la cantidad de oro que existe actualmente).
Cada divisa nacional se expresaba en términos de
oro, moviéndose los tipos de cambio entre ellas dentro de estrechos límites,
pues si el precio de una caía mucho respecto de otra, salía a cuenta convertir
la primera en oro y acuñar la segunda. Este respaldo común de las divisas
establecía asimismo portentosas limitaciones a la posibilidad de incurrir
permanentemente déficit presupuestarios y en la balanza
de cuenta corriente, como también prolongar en exceso las expansiones
crediticias causantes del ciclo económico.
Esto fue especialmente relevante para reducir la
incidencia y el número de conflictos bélicos, ya que los estados no podían
endeudarse indefinidamente y sus reservas de oro eran limitadas. Así, por
ejemplo, en la guerra entre Japón y Rusia por el control de Manchuria
en 1905, el imperialismo japonés no pudo seguir avanzando por la precaria
situación financiera de su gobierno, de manera que tuvo que sentarse a negociar
con el zar.
Pero sobre todo el patrón oro reforzaba el poder
del ahorrador para protegerse de las expansiones crediticias desproporcionadas.
Si los bancos disminuían los tipos de interés en exceso o se endeudaban
alocadamente, los ahorradores podían retirar el oro de sus depósitos,
conscientes de que su atesoramiento no supondría una mengua en su liquidez. El
valor del oro no disminuía con el paso del tiempo y, por ello, el atesoramiento
masivo de oro frente a un depósito bancario poco remunerado, constituía una
amenaza creíble para las entidades de crédito.
La existencia de este respaldo común, la
ausencia de desequilibrios y el control del endeudamiento bancario alocado
permitieron que el capital fluyera de un lugar a otro sin miedo a la
confiscación o a la devaluación. El fenómeno del "dinero caliente"
era por completo desconocido para aquellas monedas que seguían el patrón oro,
tales como la libra, el dólar, el marco o el franco. Precisamente, los países
sometidos a la disciplina del oro desarrollaron importantes centros financieros
que proporcionaban liquidez al sistema de comercio internacional. Pero sobre
todos ellos destacó
De este modo, los centros financieros
organizados en torno al oro proporcionaban la liquidez necesaria a todo el
sistema económico internacional permitiendo una
elástica y adaptable división del trabajo sometida a la soberanía del
consumidor y del ahorrador. La globalización y la multiplicación de los flujos
comerciales fueron el subproducto natural de este contexto cooperativo y
pacifico.
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Miembro del Instituto Juan de Mariana.