Atrás han quedado los tiempos de las campañas y las promesas. Ha
llegado el momento de la verdad: de enfrentar los retos de gobierno.
Felipe Calderón se convierte en presidente de la república en un
momento sumamente complejo de la historia reciente de nuestro país. La
legitimidad de su triunfo ha sido cuestionada por el PRD; y si bien las
encuestas de opinión señalan que la enorme mayoría de la gente está convencida
de la limpieza del triunfo electoral del presidente, hay un 20 por ciento que
le cree a Andrés Manuel López Obrador en sus afirmaciones de que fue víctima de
un fraude. Por otra parte, Calderón se enfrenta en Oaxaca a un conflicto que en
buena medida creció por la falta de atención del anterior gobierno federal.
El nuevo presidente toma posesión en un país en el que el crecimiento
económico ha sido insatisfactorio durante años o décadas y que requiere de
reformas profundas para lograr una mayor competitividad. La creación de empleos
ha sido también muy lenta; en todo el sexenio de Vicente Fox se generaron menos
de dos millones de empleos formales, cuando simplemente para ofrecer trabajo a
los jóvenes que se incorporan al mercado laboral habría sido necesario crear
seis millones.
Quizá el mayor reto que enfrentará el nuevo presidente de México tiene
que ver con la violencia del narcotráfico. Durante mucho tiempo los gobiernos
mexicanos pudieron pretender que el comercio de las drogas no era realmente un
problema de nuestro país. México era un trampolín, pero el consumo se hacía en
Estados Unidos y no aquí.
Hoy ya no podemos cerrar los ojos a lo que está ocurriendo en nuestro
territorio. Por una parte aumenta cada vez más el consumo de drogas en México.
Pero más inquietante es el surgimiento de bandas organizadas de delincuentes
que realizan ejecuciones constantes en distintos lugares del país, como
Michoacán, Guerrero y Nuevo León, sin que las autoridades puedan detenerlas o
castigar a los responsables.
México se encuentra en una posición muy curiosa. Los monopolios
públicos y privados en la economía impiden una mayor competitividad y una mayor
prosperidad. Pero al mismo tiempo, el Estado mexicano ha perdido o ha
renunciado a ese monopolio de la fuerza que los teóricos afirman es condición
indispensable para la existencia de un verdadero gobierno.
Felipe Calderón, el nuevo presidente
de México, tendrá la responsabilidad de tratar de enderezar el rumbo del país.
No es banal el propósito. No es mera propaganda el decir que México va mal. Se
requiere de un enorme esfuerzo para enfrentar los retos que hoy detienen el
desarrollo nacional. Esperemos que Calderón esté a la altura del momento que
enfrenta nuestro país.